«¡Mándame un barrendero ya a quitar esas colillas!»


Estaba claro que algo se cocía en el casco histórico de Marbella. Circulaban informaciones intoxicadas que juraban por san Bernabé que Michelle Obama y su hija no abandonarían las instalaciones del hotel Villa Padierna en toda la tarde. Pero es difícil jugar al gato y al ratón cuando el roedor se llama Michelle Obama.

«¡Mándame un barrendero ya a quitar las colillas de esa reja!», decía nervioso un empleado municipal con mando. Dos obreros se esmeraban en el remate de cemento de un desagüe... De repente, en la plaza de los naranjos apareció la alcaldesa, rubísima, y en el cielo un helicóptero, y en los portales tipos fornidos como armarios de tres cuerpos de cuyas orejas colgaba, como un apéndice natural, un tirabuzón que no es otra cosa que un intercomunicador.

La seguridad norteamericana canta de lejos, así que no costó demasiado sumar dos y dos para darse cuenta de que Michelle y su hija desembarcarían de su pesado Chevrolet justo donde arranca la calle Peral. Y así fue. La primera dama y la pequeña Sasha subieron la calle y se detuvieron en algunos establecimientos, como una zapatería y, sobre todo, en una tienda de collares y abalorios llamada Babachic. La primera dama saludó, hubo aplausos, algún empujón... La visita continuó en dirección a la iglesia de la Encarnación y de un restaurante en el que se reservó la cena.

La agenda de hoy está marcada -siempre que no haya imprevistos- por una visita a Granada. Los rumores de una posible visita sorpresa del propio Barack Obama a sus chicas seguían corriendo a última hora de ayer. Se verá.

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