Los estudiantes gallegos en la Love Parade evitaron la avalancha porque fueron incapaces de acceder al recinto
27 jul 2010 . Actualizado a las 03:09 h.Carlos Estévez nunca sabrá qué habría ocurrido si hubiera sido puntual. Ni siquiera si podría contarlo. Había salido de Colonia unas horas antes para participar, junto con un grupo de 40 estudiantes Erasmus españoles e italianos, entre ellos varios gallegos, en la Love Parade de Duisburgo. El grupo se había dividido en dos y habían quedado a las doce y media en las inmediaciones de la entrada al recinto. Pero se retrasaron una hora. Cuanto intentaron entrar, ya no podían. Reinaba la confusión, la policía había establecido varios puntos de control y era casi imposible acceder. ¿Qué había pasado? «La situación era muy confusa, nos llegaba uno que nos decía que había habido varios muertos. Primero no te lo creías, pero luego llegaba otro, y también, y así los demás», explica el universitario de A Coruña. La estampida que se había cobrado el sábado la vida de 19 jóvenes, entre ellos dos españolas, había ocurrido justo quince minutos antes de la llegada de Carlos y su grupo a las inmediaciones del túnel de acceso a la fiesta. «Nos libramos de milagro, por unos quince minutos» relata. Si hubieran sido puntuales habrían entrado y, con las dificultades de paso dada la multitud existente, muy probablemente se hubieran situado en la zona donde ocurrió el accidente, próxima a la entrada. «Gracias a Dios, y porque somos españoles e italianos -destaca en alusión a la impuntualidad latina- llegamos una hora más tarde de la que habíamos quedado».
La foto del horror
El Erasmus gallego se libró del horror, pero algunos de sus amigos sí fueron testigos directos de la avalancha. Uno de ellos le enseñó una foto de lo que había sucedido. En la imagen, una pirámide de muchachos sin vida amontonados unos por encima de otros. «Me recordaba -dice- a las imágenes del Holocausto, cuando llegaban los carros con las pilas de cuerpos».
Lo que había ocurrido no tenía explicación. Era la primera vez que la Love Parade se celebraba en Duisburgo y en un recinto cerrado, ya que hasta ahora habían tenido lugar al aire libre. Y solo se podía acceder por un único punto. Era una ratonera, y más si se tiene en cuenta que el espacio estaba preparado para una afluencia de 250.000 personas y la organización calculaba la llegada de 1.400.000, casi seis veces más de las previstas. «El problema -constata Carlos Estévez- fue que lo hicieron en un recinto que cerraron desde dentro y con un solo acceso para más de un millón de personas. Imagínate lo que podía ocurrir en esas circunstancias, en una ciudad más pequeña que A Coruña, con un millón de personas de fiesta». Al final todo se ha quedado en un susto. En una experiencia que contar de la que Carlos solo fue consciente cuando realmente había pasado todo. Ayer acudió a sus clases en Colonia en su último día en la Universidad antes de las vacaciones. Hoy regresará a A Coruña para contarlo.
El susto de Laura
Laura Barros, de Santiago, había partido de Colonia en el mismo grupo que Carlos. Pero en Duisburgo el grupo se fragmentó y en las inmediaciones del recinto no existía la más mínima cobertura telefónica. Laura y sus amigas no podían comunicarse con el resto de sus compañeros, ni con el exterior, por lo que tampoco llegó a advertir realmente qué era lo que había ocurrido. «No nos enteramos de mucho ?-explica- hasta tres o cuatro horas más tarde. La policía no nos explicaba nada. Les preguntábamos y nos decían que lo mirásemos en televisión». Y tampoco pudieron entrar: «Pasamos el primer nivel, pero había tal aglomeración de gente que era imposible hacerlo», relata. La policía alemana tampoco les permitía el paso. «Nos decían que nos fuéramos, que estaba todo lleno», dice.
Pero Laura, de 21 años, y sus amigos siguieron esperando una mejor ocasión para poder meterse dentro de la Love Parade. Hasta que, más tarde, los rostros de la multitud que marchaba del recinto reflejaban el pánico. «Salían con las camisetas sucias, con magulladuras de pisotones, llorando... Fue entonces -cuenta la santiaguesa- cuando nos dijimos que no entrábamos ni de broma».
Laura y sus amigas desistieron de su intento, pero la fiesta continuaba. «Dentro -explica-, la música nunca dejó de sonar».
Pero seguían sin saber qué había ocurrido. Y los teléfonos continuaban sin señal. «Al final lo vimos por televisión», señala Laura, que tampoco fue verdaderamente consciente de lo sucedido hasta que los móviles recuperaron la cobertura. Fue entonces cuando se asustó de verdad. «Todos nosotros -prosigue la joven-teníamos un montón de llamadas de nuestras familias desde España preocupándose por nosotros. A la madre de una amiga incluso la entrevistaron en televisión antes de que pudiera comunicarse con ella». Laura también vendrá a Galicia para contarlo. El jueves llegará desde Colonia a Santiago.
Mientras tanto, la canciller alemana, Angela Merkel, anunció ayer la apertura de una investigación para aclarar la tragedia.