Salir a tapear en las ciudades gallegas se ha convertido en una práctica de riesgo para el bolsillo. El auge de las vinotecas y los pinchos de diseño dispara la factura
13 jun 2010 . Actualizado a las 03:37 h.Un día cualquiera de la semana en una vinoteca de A Coruña. No estamos en el centro, ni mucho menos, pero en un local amplio y elegante, dominado por la presencia de centenares de botellas de vino, pedimos un rioja:
-¿Crianza?
-Bueno.
Con la estilizada copa -seguro que con un diseño organoléptico imbatible, pero también con aspecto de dar más de lo que en realidad contiene-, el camarero ofrece una tapa de fideuá, que sirve de la paellera que está sobre la barra. En un ambiente tranquilo y moderno, consumo mi breve aperitivo en diez minutos.
-¿Qué le debo?
-2,50.
¿Caro? Rebobinemos esta escena real y francamente aburrida y empecemos de nuevo con otra, también real y mucho más común. Entro con un amigo, pedimos dos riojas, aceptamos la tapita de fideuá y mientras hablamos del Mundial nos animamos a compartir una ración de pulpo de la casa. Cuando las especulaciones andan ya por los cuartos de final, el catavinos está seco y pedimos el segundo rioja para terminar el pulpo que, en realidad, está ya más acabado que las posibilidades de Honduras. Feliz por el efecto del rioja y las posibilidades de la Roja, formulo de nuevo la pregunta:
-¿Qué le debo?
-30 euros.
El efecto euforizante se desvanece ante la factura. Muchas familias gallegas tienen que pasar el día con menos de lo que me ha costado esa media hora de descompresión. La costumbre nacional de tomar unos vinos entre el trabajo y la llegada a casa se ha convertido en muchas ciudades gallegas en una actividad poco menos que privativa. La ración de pulpo podrá encontrarse más barata en muchos bares, pero la copa de rioja difícilmente baja de los dos euros en cualquier establecimiento. Una calle más arriba de la vinoteca en la que me acaban de clavar, voy a por otro vino. El bar es menos pomposo y casi todo el mundo toma cerveza. Pido un rioja y la camarera me abruma con un relatorio de marcas ante el que no puedo decidirme.
-El que sirva con más frecuencia.
El rioja llega en un catavinos menos aparente y acompañado de un cestito de patatas fritas. Está claro que he bajado un escalón en la liturgia enológica que suele preceder al sablazo. Pero nada, me clavan igual. 2,30 euros.
En general, repetir el ejercicio por diversas zonas de la ciudad solo incrementa el nivel alcohólico en sangre. La hipótesis permanece inalterable: tomar vino en los bares es muy caro; tapear, roza la obscenidad económica. Y aún se puede concluir algo más: camareros jóvenes con delantales largos y oscuros; música de aeropuerto; catavinos espigados y barrigones; vajilla de superficie desproporcionada y pizarra con tapas cuyo nombre ocupa más de dos líneas son sinónimos de una factura inolvidable.
Locales llenos
Pese a ello, a las horas punta, este tipo de establecimientos suelen mantener un nivel de ocupación notable, aunque la cocina no funciona al ritmo que lo hacía el año pasado. Una parte importante de la parroquia se conforma con el pincho que acompaña al vino, normalmente un trozo de embutido, de queso o de ambas cosas clavado a un cacho de pan, una costumbre que se ha generalizado en Galicia a lo largo de los últimos años.
Hago una última comprobación en la plaza de Vigo, en cuyo entorno han proliferado este tipo de locales modernos de tapeo. Pido dos riojas y una ración de calamares por las que me cobran 12,5 euros. Cuento los calamares: 12 arillas, 6,9 euros. A más de 50 céntimos cada una. A esas alturas del reportaje, el coste de la copas de rioja ya lo tengo calculado. Si se mide en dosis, como hace la policía, resulta que el vino etiquetado se paga en los bares a precio de sustancia prohibida. Ahí es nada.