La dismorfia muscular, popularmente denominada vigorexia, es un trastorno mental que se caracteriza por una preocupación exagerada por tener un cuerpo menudo, delgado y poco musculado. Se trata de una alteración de la percepción del propio cuerpo, acompañada de sentimientos de insatisfacción y de un conjunto de conductas orientadas a aumentar y definir su musculatura, que se convierte en el objetivo central de la vida del individuo.
La preocupación por su imagen corporal provoca malestar clínicamente significativo, interfiriendo de forma importante con la vida social, familiar o laboral del sujeto. Paralelamente, va abandonando a los amigos, que son sustituidos por personas que también hacen trabajo de musculación, con quienes comparte espacio, tiempo e intereses.
También lleva una dieta estricta, rica en hidratos de carbono y en proteínas, de la que están ausentes las grasas. Esto puede ocasionar alteraciones metabólicas importantes, sobre todo cuando el sujeto consume esteroides y anabolizantes. En general, suele acompañar la comida con suplementos, como bebidas ergogénicas para mejorar el rendimiento, o monohidratos de creatina, para facilitar la recuperación, tras el entrenamiento.
Una característica común a quienes padecen dismorfia muscular es la dependencia del ejercicio. Dicha dependencia se manifiesta a través de síntomas de tolerancia y de abstinencia respecto del ejercicio. La tolerancia se traduce en la necesidad de aumentar progresivamente la duración, intensidad o frecuencia de los entrenamientos y en la percepción de que la práctica habitual ha dejado de producir los efectos deseados. La abstinencia se manifiesta con ansiedad, irritabilidad, insomnio etcétera, cuando se ve obligado a interrumpir el ejercicio durante dos o tres días, incluso por razones de salud.
En pocas ocasiones se diagnostica el trastorno dismórfico. Es una enfermedad poco conocida por el personal sanitario, y el propio afectado y las personas de su entorno lo trivializan.
Además, muchos síntomas resultan fronterizos con otros trastornos mentales, como el trastorno obsesivo-compulsivo, la fobia social o el trastorno alimentario.