Las jóvenes gallegas salen en pequeños grupos después de quedar por Internet
18 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Esta es la historia de María, Marta y Lucía que tienen 13 años y estudian 2.º de la ESO. María hace deporte, juega al baloncesto en un equipo federado; Marta y Lucía, no. Entre semana, las mañanas son para el colegio y las tardes para las muchas actividades en las que están inscritas, sobre todo inglés.
Por eso, de lunes a viernes ninguna se ve más allá del instituto; eso sí, hablan por teléfono prácticamente a diario. Pero las cosas cambian los fines de semana. María tiene hipotecadas las mañanas de los sábados -a veces las de los domingos- por culpa de los partidos. Los madrugones son habituales y por eso no puede ir a dormir a casa de ninguna amiga el fin de semana. Marta y Lucía, en cambio, sí lo hacen, aunque no es lo habitual: Marta debe ir con su padre un fin de semana de cada dos, y tampoco se citan cuando hay exámenes.
Las mañanas del fin de semana para Marta y Lucía son más tranquilas y normalmente se levantan a eso de las once y andan revoloteando por casa hasta la hora de comer.
A las cuatro, las tres amigas están conectadas a Internet, es una cita inexcusable, por donde navegan -chateando y oyendo música- hasta que salen o hasta que sus padres las obligan a separarse del ordenador. Si han quedado, lo que ocurre prácticamente todas las semanas, las chicas se ven de cinco a seis en una plaza cercana para dar paseos por el centro de la ciudad hasta las ocho o nueve de la noche. A veces van al cine pero como ese es un vicio caro, lo normal es que se dediquen a comprar gominolas y charlar en una plaza, donde están el resto de sus amigos. Sus compañeros de clase están más tiempo en la plaza, pero ellos suelen llevar o un balón para jugar un rato o el monopatín.
Otra opción habitual es pasar la tarde en una tienda de discos y escuchar uno tras otro todos los cedés que se les ocurra. Eso ellas, porque si son varones se les encontrará alrededor de la última consola probando sus indudables virtudes.
Las chicas jóvenes tampoco descartan ir de compras. Van a las tiendas todas juntas, una se prueba lo que le gusta y el resto opina. A veces compran, pero en la mayoría de las ocasiones solo se hacen una idea de lo que quieren para después ir a adquirirlo con sus madres.
A los 17 se igualan
Algo diferente es el fin de semana de Andrea y Raquel. Tienen 17 años y ninguna de las dos hace deporte, por lo que las compras y salir de paseo son sus dos grandes ocupaciones de fin de semana. Normalmente van de tiendas el sábado por la mañana, no siempre a comprar, claro. Por la tarde quedan a eso de las cinco, cuando van a un céntrico bar y tomas unas cañas (a pesar de ser menores no tienen problemas para que se las sirvan); allí se encuentran con sus amigos, varones, que van cogiendo su mismo ritmo. Pasean por el centro, van al jardín o se quedan en una plaza. Otras veces están en casa de una de ellas viendo una película. A las ocho, vuelven a casa a arreglarse, ya que a las diez hay botellón. Toman unas copas -una o dos, nada más, dicen, de ron y cola- y a eso de la una se van de pubs. Vuelven a casa antes a las tres.