La tumba de Michael Jackson en Forest Lawn estará vigilada por guardias de seguridad. El entierro reunió a un puñado de famosos y productores musicales
05 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«Ahora ya no podéis hacerle más daño». Una fan se dirige con rabia a los periodistas que se encuentran al otro lado de la valla de seguridad en el exclusivo cementerio de Forest Lawn en la ciudad de Los Ángeles. Son las ocho de la tarde y el calendario marca el 4 de septiembre del 2009.
Michael Jackson hubiera cumplido 51 años el pasado 29 de agosto. El rey del pop recibía sepultura cristiana en la más estricta intimidad alejado de los focos bajo los que creció toda su vida. Así lo quiso su madre, en primera fila, y quien siempre arrastró la vergüenza de no haber protegido a su hijo mientras todavía vivía. A partir de ahora lo hará al menos tras su muerte. Y es que, para decepción de sus fans, el cuerpo del artista no descansará en su rancho de Neverland tal y como se había comentado en un principio. Muy al contrario, Michael permanecerá en una basílica de acceso restringido y en cuya puerta se apostan todos los días dos guardas de seguridad.
El lugar donde Jackson descansará para siempre tiene en su techo una reproducción de La última cena y en el suelo a algunas de las estrellas más rutilantes de todos los tiempos. Nombres de gigantes como Sammy David Jr., Clark Gable y Walt Disney podrían acompañar al cantante en su viaje hacia al más allá, si bien esta información es imposible de confirmar ya que el cementerio siempre se ha negado a dar detalles: «Es lo único bueno que tiene ser rico, incluso cuando te mueres te consideran un buen cliente», bromea uno de los fans que, a pesar de no poder entrar en el recinto, permanecía el pasado jueves apostado en la puerta del recinto.
Se tuvieron que conformar con ver por televisión la llegada de los invitados antes de que la familia decidiera cortar la señal de la única cámara presente. Antes de ese fundido a negro el mundo podía ver sonreír al niño prodigio Macaulay Culkin; a Elisabeth Taylor seria y glamurosa, a ejecutivos del mundo de la música, como Quincy Jones o Berry Gordy, circunspectos; y a la la hermana del cantante Janet Jackson llegando muy afectada para dar el último adiós al mito. La última en llegar, con una hora de retraso, era su madre. Lo hacía entre lágrimas de y de la mano de sus nietos. Tan solo miró a cámara una vez. «Ahora no podéis hacerle más daño», pareció pensar, pero no lo dijo, solo bajo la cabeza y todos guardaron silencio.