«Yo siempre he estado aquí»

SOCIEDAD

Rouco celebró, en el Mondoñedo de sus años de seminarista, su medio siglo de sacerdocio: «¡La nostalgia es grande...!», confesó

08 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Lo decía ayer, en la catedral de Mondoñedo, excepcionalmente iluminada para la ocasión, uno de los asistentes (larga cabellera rizada, bolso de cuero, teléfono móvil de última generación...) a la misa con la que el presidente de la Conferencia Episcopal Española celebró su medio siglo de sacerdocio: «Este non parece o mesmo Rouco da televisión». «Pois a min tamén me sorprendeu moitísimo, moitísimo. Nunca podería ter pensado que fose así este señor...», comentaba a su lado otro de los presentes, junto al policromado sepulcro del obispo Muñoz y Salcedo, convertido en estatua orante para la posteridad. Y no, la verdad es que el cardenal jamás transmite, en la cercanía, la fría imagen que ofrece ante las cámaras. Pero es que además ayer se le vio, en más de un momento, conmovido. Cosa muy poco frecuente en un prelado al que no le gusta nada dejar traslucir sus emociones, y que a buena parte de quienes lo notaron les hizo recordar cómo Rouco se emocionó, también, en otra catedral gallega -en la de Lugo- el día de la ordenación episcopal de su sobrino Alfonso, que ayer permaneció constantemente junto a él.

Casi un centenar de sacerdotes se dieron cita en la basílica mindoniense, abarrotada de fieles -en su mayoría gallegos, pero entre los que había madrileños también-, para celebrar los 50 años de la ordenación de quien a día de hoy es uno de los más influyentes cardenales de la Iglesia. Quizás el de mayor ascendencia sobre el Papa, entre aquellos purpurados que no forman parte de la curia vaticana y que siguen al frente de una diócesis; que continúan, por tanto, entregados a su labor pastoral lejos de los históricamente resbaladizos pasillos vaticanos. En Mondoñedo, durante la homilía, el cardenal recordó, conmovido, sus primeros años de seminarista y reivindicó sus vínculos con la diócesis ferrolano-mindoniense. «Yo siempre he estado aquí», remarcó Rouco Varela, al tiempo que subrayaba que, además de vilalbés, siempre ha sido «de Mondoñedo».

«No somos amigos de la vida»

Haciendo, en cierta medida, balance de cómo ha visto cambiar la sociedad española durante su medio siglo de sacerdocio, volvió a rechazar que se le dé la espalda a los valores nacidos del cristianismo. «No somos amigos de la vida -lamentó el cardenal Rouco Varela-. No, no lo somos, porque nos olvidamos de Dios. Y haber olvidado a Cristo está en el fondo de la mayoría de los problemas de nuestro tiempo». Junto a él se encontraban, además de su sobrino, monseñor Carrasco Rouco, el obispo de Mondoñedo-Ferrol, Manuel Sánchez Monge. Y canónigos como Uxío García Amor -una de las personas más próximas al cardenal, al que le une una sólida amistad desde los primeros años de ambos-, Enrique Cal Pardo -deán de la catedral y uno de los más brillantes medievalistas gallegos-, Pedro Díaz Fernández, Ángel Paz, Félix Villares , Ramón Otero Couso y el vicario general de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, Antonio Rodríguez Basanta. La celebración religiosa culminó, a petición del propio cardenal, con el canto del Salve Regina ante el barroquísimo y muy bello retablo mayor de la basílica mindoniense, templo bajo cuyas losas yacen, en una tumba cuya localización ha logrado confirmar Cal Pardo recientemente, los restos del degollado Pardo de Cela.

Y tras concluir la ceremonia, el cardenal, al que también acompañaban su hermana y buena parte de sus sobrinos, se trasladó al Real Seminario de Catalina, para comer y conversar, en privado, con sus amigos más cercanos, entre los que había sacerdotes de todas las edades. Sin dejar de sonreír en ningún momento, entre los muros del viejo seminario el cardenal rememoró su infancia; su pasión por el fútbol y por los libros. Y para celebrar sus bodas de oro, sus amigos hasta le cantaron una improvisada canción: «¡Cumpreanos feliz, cumpreanos feliz...! ¡Cincuenta anos de cura, de Mondoñedo a Madrid...!».