Una docena de alumnos participan en el parque compostelano en un taller que enseña taichí, un arte marcial interno que se basa en el ying y el yang
27 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Podrían estar a los pies del templo Nogc Son, en Hanói, pero están en la ciudad de las iglesias, muy cerca de la catedral de Santiago. Podrían estar practicando artes marciales viendo a lo lejos el puente rojo de Hua, pero lo que observan son las torres de la Berenguela. Podrían jugar con el ying y el yang de los taoístas al ritmo de un bolero, pero lo hacen al compás que marca el viento que mueve las hojas de los árboles del parque de Bonaval. Ahí, junto a las tumbas del que fue en tiempos un cementerio y ahora es un escenario, una docena de alumnos del taller de taichí que ha puesto en marcha el concello compostelano descubren las claves de una técnica que tuvo su origen en China en un monasterio shaolin.
La algarabía que reina ya de mañana junto al museo de O Pobo Galego y el Centro Galego de Arte Contemporánea, paso obligado para los que llegan a Compostela surcando el Camino por la rúa de San Pedro, desaparece al ascender hacia una de las entradas laterales de Bonaval. A la entrada, pendido en alto, hay un cartel donde se lee: «No parque Tai Chi e Chi Kung. ¡Vive o verán!». Justo bajo el letrero, a la sombra de un árbol, el maestro imparte clase. Los alumnos han calentado, pero parece que todavía no es suficiente para tirar sobre la hierba la chaqueta del chándal. La mañana es fresca. A falta de edredón, elemento bastante inoperativo para ser usado como capa en un duelo marcial, buena es la ropa de lana.
Atentos, los alumnos miran al maestro. Todo es como una película de cine mudo a la que han parado el ritmo y arrebatado la banda sonora. «Isto é coma a auga, hai que ir amoldándose ao opoñente», comenta Jesús Alcaide, al describir poco a poco los movimientos que han de adoptar frente al compañero que tienen al lado. Porque el taichí es trabajar con la fuerza del chi, energía interna. Es equilibrar el ying y el yang. Es que el yi (la razón) controle al xin (la emoción). Todo usando la respiración, que ha de ser tranquila, prolongada.
Las palabras del maestro guían a la tropa. La docena de alumnos observan y mueven un brazo aquí, otro allá. Con calma, con calma... Poco a poco van entrando en calor. Chaquetas fuera. Los pasos lentos continúan. Al frente, atrás, otra vez al frente.
Concentración
«Nunha clase regular poderíamos estar ata dous meses intentando facer ben o exercicio», apunta el maestro. Pero aquí en estos cursos de verano el tiempo apremia. Un pájaro canta. Pero no hay que distraer el chi. Hay que estar concentrados. Poco importa que los que pasean a los perros por la hierba detengan la marcha para quedarse mirando cómo los brazos de esos alumnos cortan el aire a un ritmo equiparable al que lleva un caracol en un día con lluvia.
Los movimientos van bien. Hay nombres para todos los gustos. «Grulla que levanta el ala» o «abrazar la luna». Luego hay que practicar en pareja. La señora A une sus palmas para ponerse frente a la señora B. La mente es arma en esa batalla lenta. Han de aprender a escuchar los movimientos del compañero para reaccionar antes de que este ataque. Es la fuerza del «chi».