Para el Nobel de Química, la humanidad es un punto en el espacio y en el tiempo, y probablemente «no seamos el nivel más alto del universo». De hecho, Lehn defiende que «es arrogante pensar que somos el último eslabón de la evolución, porque esta continuará». Este científico francés critica la postura tan confortable de la religión, que atribuye a Dios lo desconocido, frente a la de la ciencia, que necesita una enorme perseverancia para descubrir respuestas. Lehn se mostró partidario del laicismo, y de separar claramente la religión del Estado, para segregar el conocimiento científico del resto.
El Nobel recordó que la investigación sobre células madre o las modificaciones genéticas no están exentas de temores que en su opinión son infundados, pero que desaparecerán cuando empiecen las aplicaciones terapéuticas. Este miedo, que es un mal consejero, puede combatirse, según el científico francés, a través de la educación en todos los niveles, que permitirá opinar y comprender sin miedo.
No somos perfectos
«La madre naturaleza genera organismos, pero no necesariamente perfectos», apuntó el Nobel, quien señaló como ejemplo actos tan sencillos como respirar y tragar, que no pueden hacerse al mismo tiempo. «Solo hay un corazón; si se acaba, tú también. Fuimos evolucionando, pero la naturaleza tampoco hizo un trabajo perfecto». La Academia sueca reconoció el trabajo de Lehn, junto al de los profesores Pedersen y Cram, por el desarrollo y uso de moléculas con interacciones específicas de estructura de alta selectividad.