Una noche en el sambódromo

La Voz se mete en el corazón del carnaval ?de Río durante el desfile del domingo por ?la noche


Es el trabajo de un año entero abocado a solo sesenta minutos de gloria. Ese es el tiempo que tarda cada escuela de samba en recorrer los 700 metros del sambódromo, la colosal pasarela diseñada por el centenario arquitecto Oscar Niemeyer, que le da más galones a un escenario de por sí majestuoso. La Voz pudo acompañar de principio a fin a una escuela en la noche soñada por cada brasileño, la noche del desfile de carnaval. En este caso, la del domingo, en que se citan las Escuelas del Grupo de Acceso y entre las que destaca Académicos da Rocinha, curtida en la élite de la samba y favorita a retornar al grupo especial, la auténtica flor y nata.

Todo comienza cuatro horas antes del horario estimado del desfile. A las diez, la favela de Rocinha, la más grande de América Latina, con más de 200.000 habitantes, está en ebullición. Frente al local de los Académicos una hilera de autobuses espera a los 2.400 componentes de la escuela para dirigirse a la zona norte de Río, donde se erige el sambódromo. Son las once y media de la noche y toca esperar, teóricamente, dos horas y media hasta que el turno de la escuela. Luego se convertirán en cuatro. Al llegar a la zona de concentración, en los aledaños, la adrenalina sube. «Esta es la emoción más grande que conozco. Llevo desfilando desde que se fundó la escuela, hace 21 años, y siempre me pasa lo mismo», dice un carioca descendiente de chinos. «Alegría, emoción, todo en uno; así es el carnaval», señala un joven mulato. «Yo debuto este año, pero para mí esto es Brasil: pasión, alegría, emoción. Aquí tiene que venir todo el mundo», apunta un veterano de ojos azules.

Y así lo parece. Porque, aparte de muchos habitantes de la favela, en Académicos hay integrantes de la clase media y alta de la ciudad carioca para completar el crisol carnavalesco que retrata Brasil. Y también se adivina algún turista que, como el resto, tiene el deber de llevarse aprendido la samba de enredo de la escuela y las evoluciones, como se le llama al paso del desfile. Previo pago del disfraz, que se puede comprar por 150 reales (50 euros), el visitante tiene la llave para experimentar lo que ocurre cuando se abren la puertas del sambódromo. Atrona el grito alusivo y enseguida el de guerra. Y el cronómetro echa a andar. Se abre la pasarela y a los lados, en las inmensas gradas, 150.000 ojos escrutan cada movimiento, cada paso de los protagonistas, desde el sambista por una noche hasta la reina. La organización milimétrica del desfile, dividida en alas, no oculta el nervio de los organizadores. No es obligatorio sambar, pero sí moverse y evolucionar para que la escuela parezca una sola línea multicolor. En juego están los puntos del jurado, que observa y apunta en las tribunas del sambódromo. Sesenta minutos y muchos litros de sudor después, el desfile termina entre el alivio y el orgullo de la dirección de la escuela, la descarga de tensión de los participantes y la alegría de todos. Hasta de los que ya empiezan a pensar en lo que viene a partir de ahora. Porque, se gane o no, el miércoles de Ceniza hay que empezar a pergeñar el desfile del 2010.

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