Ocho personas con diferentes grados de discapacidad intelectual comparten piso ?en A Coruña fomentando sus habilidades personales y sociales, y su independencia
08 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La participación de la joven Izaskun, que tiene síndrome de Down, en el espacio Tengo una pregunta para usted de La Primera ha puesto sobre la mesa una realidad que para muchas personas está oculta, las ansias de independencia de quienes sufren algún tipo de discapacidad psíquica.
La mayor parte de estas personas permanecen bajo el ala protectora de sus padres hasta que estos mueren y, después, les queda como solución ir a una residencia o esperar que algún hermano o pariente los recoja. Eso al menos era lo que ocurría hasta ahora. La Fundación Adcor, en A Coruña, es una de las pocas instituciones gallegas que han pensado en alternativas para este nutrido grupo de personas y desde hace tres años tiene en marcha un piso tutelado en el que residen ocho personas. La fundación cuenta para este proyecto con el apoyo económico de la Fundación Caixa Galicia, a través de su obra social.
Laura y María José son dos de las inquilinas de este apartamento, que en realidad son dos a los que se le derribaron los tabiques. Ocupa la planta de un piso de propiedad municipal en el barrio de Los Rosales. El grupo vive en el piso de lunes a viernes, y tiene horarios muy organizados. «Tienen trabajos o van a los centros ocupacionales durante la mañana», explica María José Piñeiro, responsable del servicio de Vivienda de la Fundación Adcor. A las cinco de la tarde es cuando comienza la vida en el piso, donde desde esa hora hasta las nueve de la mañana, cuando los inquilinos se van a ocuparse de sus quehaceres, hay una persona responsable. Pero son ellos los que limpian, friegan, recogen, hacen la cena y la compra. «Eso les da muchísima autonomía porque han de cumplir cometidos, ser responsables y, como son turnos semanales, todos hacen de todo», explica María José Piñeiro, que hace un poco de madre de todo el grupo. Algunos inquilinos están meses y después se van a una residencia, otros dan el salto a un piso en solitario y hay quien simplemente sigue en el piso.
Tras las labores básicas y un poco de descanso, los chicos cenan en un comedor impecable y después ven la tele. Es el punto débil, donde con la llegada de uno nuevo suele haber encontronazos: hay que discutir qué ver y dónde sentarse. Como en cualquier piso compartido.