Juicio a la última comuna «hippy»

Juan Oliver

SOCIEDAD

Empieza la vista oral para decidir si los habitantes de un barrio de Copenhague tienen derecho a vivir allí

04 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

A la salida del barrio hay un enorme cartelón que advierte a quien lo lee de que si cruza la puerta estará entrando en la Unión Europea. Al visitante el aviso le puede resultar gracioso, pero lo cierto es que para los habitantes de Christiania, el último reducto hippy de Europa, su barrio no es, al contrario de lo que piensan los turistas, un mundo diferente. En realidad, el mundo diferente, el de las leyes, la propiedad privada, la policía y la alienación, es ese del que provienen los visitantes que cruzan el portalón en sentido inverso.

Un tribunal de Copenhague inició ayer el juicio mediante el que debe decidir si los 800 miembros de la comuna autogestionada de Christiania, que desde hace 37 años ocupan varias hectáreas de terreno en un antiguo campamento militar en pleno centro de la capital danesa, pueden seguir allí. Lo hacen merced a un antiguo acuerdo del Parlamento danés, que les entregó el usufructo colectivo de esa zona para establecer una comuna autogestionada y asamblearia como «experimento social». Ahora, el Gobierno del primer ministro liberal, Anders Fogh Rasmussen, quiere recuperar el mando sobre la zona, hacer contratos individuales a sus vecinos y cambiar las normas de organización.

Christiania nació en 1968, cuando un grupo de jóvenes ocupó unos barracones militares abandonados con el objetivo de fundar una comunidad anarquista y libertaria en el corazón de Copenhague. Durante años hubo numerosos intentos de echarlos, hasta que la presión social llevó al Parlamento a conceder a sus habitantes en 1982 el derecho a vivir allí si se comprometían a pagar la luz, el agua y las tasas municipales de limpieza y recogida de basuras.

Desde entonces, Christiania se ha convertido en el símbolo del modelo de vida por el que apostaba el movimiento hippy de los sesenta, donde varios centenares de familias conviven compartiéndolo prácticamente todo, desde la educación de sus hijos hasta los gastos en comida y los ingresos por la venta de artesanías y por la celebración de festivales y conciertos. También, una idea común en defensa de la legalización de las drogas, que ha convertido al barrio en el centro del trapicheo en Copenhague y, por lo tanto, objeto reiterado y constante del acoso policial.

Hace cuatro años, el Gobierno y los vecinos de Christiania empezaron a negociar el cambio de estatus de la comuna, pero no se pusieron de acuerdo. Los christianitas se niegan a aceptar la firma de convenios individuales, y alegan que la base del experimento social en el que se basa su derecho a estar allí es, precisamente, la inexistencia de propiedad privada. Además, se temen que sea la antesala de una multimillonaria operación urbanística.

El Gobierno lo niega. Pero para quienes pasan con frecuencia bajo el cartelón que cuelga a la entrada del barrio en todo esto subyace el deseo de anexionar Christiania al resto del mundo. Como asegura en su blog el periodista gallego y corresponsal de la Agencia Efe en Copenhague Anxo Lamela, se trata «de acabar con un modelo que toma algunas cosas del comunismo libertario y que ha funcionado desde hace 37 años».