La ruta hacia la soberanía total está asfaltada de petróleo.
09 sep 2008 . Actualizado a las 16:03 h.El hotel Narsarsuaq recibe al viajero con amabilidad y una nota a pie de página en la documentación turística sobre la isla.
El epígrafe dedicado a los efectos del calentamiento global sobre Groenlandia hace saber que «aparecen aves migratorias nuevas para las que los inuit, el pueblo natural, carece de nombres nativos».
Mera anécdota, quizá, pero reveladora de transformaciones de mayor calado en marcha.
Los groenlandeses, 57.100 según el último censo, admiten su desconcierto. «Son demasiados cambios y demasiado rápidos. No sabemos qué va a pasar», dice la maestra Fredriksen. Habla de la crisis climática, de la progresiva desaparición de los hielos que hacen de Groenlandia un enclave único, y del camino hacia una independencia de Dinamarca aún sin fecha. Una encrucijada. Dos procesos que, curiosamente, han acabado por conectarse.
La región es provincia autónoma danesa desde 1979. Muy autónoma pero muy dependiente de la metrópoli, a la que debe la mitad de su PIB. Cada groenlandés - el 83 por ciento inuits, el resto daneses y escandinavos- le cuesta a Copenhague unos 8.000 euros al año. «Se han acostumbrado a que les subvencionen», dice Bailón. Un factor relevante para el referéndum que se celebrará en noviembre y en el que, salvo sorpresas, los isleños votarán a favor de un mayor autogobierno.
La ruta hacia la soberanía total está asfaltada de petróleo.
Las reservas de crudo groenlandés se estiman en más de 30.000 millones de barriles y el maná negro aún fluirá mejor con el deshielo acelerado del Ártico por el aumento de las temperaturas.
En esta carrera nadie quiere perder. El gobierno nacionalista de Nuuk, la capital de la isla, aspira a decidir sin trabas sobre los recursos energéticos. Dinamarca, a sacar partido a tantas décadas de sostén económico a fondo perdido y a garantizarse trato preferente en la explotación del crudo.
Quizá el petróleo les haga ricos. Quizá sustituya pronto a la pesca como primer sector productivo. Pero los groenlandeses tienen antes problemas serios que resolver. Una de las tasas de delincuencia más altas del mundo, índices inquietantes de alcoholismo y de suicidio, y la aparición de enfermedades nuevas - diabetes y otras-, tan desconocidas hasta ahora como las aves sin nombre inuit.