San Roque bailó ayer al son de la procesión más laica y anárquica de cuantas depara ?el calendario galaico
17 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Existe un pequeño placer secreto, tal vez un tanto perverso, consistente en poner pingando a un grupo de señoras perfectamente secas, con su permanente de cincuenta euros sobre las cejas. Pocas veces se puede experimentar el gustazo de regarlas a base de caldeiros de agua, mangueras o cualquier recipiente susceptible de contener, durante un momento, el líquido elemento. Una de ellas, probablemente la única, al menos en esta esquina del mundo, es la Festa da Auga de Vilagarcía.
La celebración hídrica por excelencia luchó ayer contra los elementos. Todas las previsiones señalaban un fenomenal y perenne chubasco sobre la capital arousana. Alguna gente, asustada, llamó a sus amigos y conocidos para anular su presencia en las calles de Vilagarcía. «Non vou, que disque vai chover». Lógica apatía, por cuanto para que llueva sobre mojado ya tenemos a Fito Páez y al amigo Sabina.
Para ser honrados, habrá que señalar que la velada fue bastante húmeda. Grandes precipitaciones, en oleadas sucesivas a las tres, cinco y seis de la mañana, no fueron capaces de espantar a los miles de festejantes que, por ejemplo, convirtieron la playa de A Concha-Compostela en un fenomenal botellón. Pero sí sirvieron para desanimar a más de uno que se había ido a la cama pensando en que el paraguas, y no el bañador, sería el protagonista en cuanto amaneciese.
No fue así, y la lluvia dio una tregua, destrozando los supuestos poderes tecnológicos del Meteosat y artefactos volantes afines. Hasta el sol se dejó ver.
Resumir en unas líneas lo que Vilagarcía vive el 16 de agosto entre el mediodía y las tres de la tarde es complicado. Pero ahí vamos. Mucha agua, surtida desde ventanas, camiones de bomberos y patrullas de aviesos ciudadanos armados de vasos, botellas y jarras. Una procesión en la que san Roque recorre el centro de la ciudad sin cura. Laica, anárquica, colorista procesión de ida y vuelta que finaliza en una batalla de manguerazos. La mojadura, claro, no solo es exterior. Muy al contrario, los líquidos corren garganta abajo con profusión. Bailes, botes, gritos y una organización que sabe parar para repartir jamón, vino y alguna que otra cerveza camino del par de bares, que los buenos conocedores de este lugar saben distinguir, que siguen regando al personal durante la sobremesa.