Embarcado en su primera visita a EE.?UU., el Papa afronta el reto de reconstruir una Iglesia rota tras los escándalos sexuales
15 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Cuando en la jornada de hoy el avión de Benedicto XVI aterrice en el aeropuerto militar de Andrews, en la ciudad estadounidense de Washington, 5.000 periodistas, un presidente y unos 64 millones de fieles estarán listos para recibirlo. Embarcado en una gira oficial que terminará el próximo día 20, y entre cuyas paradas más esperadas se encuentran una visita a la Casa Blanca y un discurso ante la ONU, la quinta salida internacional del líder espiritual ha despertado en el país de las libertades una expectación sin precedentes desde que en 1978 el papa Juan Pablo II realizó su primera visita a Estados Unidos (luego vendrían cuatro más, y ya antes Pablo VI había viajado al país).
Y la expectación no se debe solo al carácter político de la cita -el encuentro con Bush podría evidenciar las diferencias que ambos tienen frente a la guerra o la pena de muerte-, sino también al impacto que esta gira podría tener a efectos espirituales. Benedicto XVI ocupa estos días las principales portadas informativas al Norte de río Bravo.
¿Misión o reconciliación?
Aunque considerado el tercer país del mundo con mayor número de católicos (al menos 64 millones de estadounidenses viven según los preceptos del Vaticano), lo cierto es que el país de las libertades ha tenido que esperar casi un decenio, desde que Juan Pablo II realizó su última visita, en 1999, para poder volver a ver de cerca al Papa. Casi diez años de intervalo en los que el ataque a las Torres Gemelas y la cadena de escándalos sexuales en la archidiócesis de Boston han minado los cimientos de una comunidad para la que la visita de Ratzinger suena más a reconciliación que a «experiencia misionera», como ha definido el Pontífice su viaje. Puede que al final sean las dos cosas.
Pese a la negativa del Pontífice a visitar Boston, fuentes cercanas al Vaticano anunciaban la semana pasada la intención de Ratzinger de pronunciarse sobre unos delitos que han costado a la Iglesia más de dos mil millones en indemnizaciones. En un país donde el 40% de la población opina que el Papa no favorece el buen entendimiento entre culturas, la agenda de viaje incluye un encuentro con representantes de otras religiones, así como una conferencia con la Iglesia protestante, cuya religión practica más de la mitad de la población.
Católicos no practicantes
Con la expiación de ambos «pecados» contemplados en el programa oficial, a nadie se le escapan las intenciones evangelizadoras de Ratzinger, cuya defensa de la ortodoxia podría chocar con los fieles estadounidenses. Y es que, con cuatro de cada diez creyentes calificando los postulados papales de «muy conservadores», la doctrina del Vaticano es difícil de asimilar para una población acostumbrada a manejar su espiritualidad con el mismo pragmatismo que su dinero. Así se desprende de la encuesta llevada a cabo por el Centro de Investigación en el Apostolado de la Universidad de Georgetown, en la que un 46% de los católicos entrevistados aseguran no confesarse jamás, mientras solo un tercio acuden a misa semanalmente.
Pero no solo por razones de dogma la visita papal supone una inversión en una de las naciones con mayor crecimiento de fieles -en apenas un decenio, más de diez millones de personas se han unido a la Iglesia-, y donde el fenómeno migratorio promete grandes avances. Con cerca de la mitad de los católicos pertenecientes a la raza hispana, los pronósticos apuntan que en el 2050 habitarán Estados Unidos más de 130 millones de latinos. Un público potencial que, si bien podría convertir el catolicismo en la religión mayoritaria del nuevo continente, deberá antes aceptar a su máximo representante. Y puede que eso no se produzca con tan solo una visita.
Mañana, miércoles, antes de su encuentro con Bush, Ratzinger celebrará su 81.º cumpleaños.