El elixir salado de la eterna juventud

Más que piel bien podrían tener escamas, porque pasan más tiempo en el agua que muchos peces. Un grupo de bañistas gallegos no perdonan un solo día sin sumergirse en el mar, muchas veces helado, de las playas de Riazor y Smil. «Este chapuzón -dicen- nos devuelve la vida»

X. Vázquez

Han conseguido ser inmunes a las gripes, apenas les duelen los huesos, su circulación va más rápida que el AVE y tienen una salud a prueba de bombas, a pesar de que la mayoría supera los 70 años de edad. Su secreto: darse un chapuzón todos los días en la playa coruñesa de Riazor.

Da igual que llueva a cántaros o que los termómetros marquen temperaturas bajo cero, nada impide a un grupo de 15 jubilados coruñeses acercarse todos los días a este arenal para darse un baño revitalizante. «Yo no sé lo que es la salud, porque soy de hierro. No tuve un catarro ni una gripe en mi vida», presume Jesús Piñeiro, también apodado el hombre morsa, porque de sus 78 años de vida se ha pasado 57 dándose chapuzones en Riazor.

Él fue uno de los primeros en comprobar los beneficios que trae consigo un baño diario en las heladas aguas de la bahía coruñesa, pero, poco a poco, se le han sumado nuevos devotos de este nuevo santuario de la salud. Entre ellos, y desde hace 18 años ya, está Manuel Suárez, que suma 88 primaveras, y que tuvo que jubilarse para descubrir «lo maravilloso que es darse un baño todos los días aquí. Vienes medio atontado y te espabila», confiesa. Su mujer, Pilar Cotelo, corrobora esta afirmación, «porque está en casa y parece medio moribundo, y viene para aquí y se le pasa todo».

Pilar es la única que no se atreve a bañarse, porque confiesa que es muy friolera, pero todos los días acompaña a su marido y aprovecha para mojarse las piernas y dar varios largos por la orilla de la playa. «Es muy sano y muy bueno para la circulación, y el frío del agua te hace reaccionar», reflexiona. Su marido también tiene la misma teoría y desvela que, cuando el agua está limpia y cristalina, es cuando más fría está, «pero lo noto solo al meterme. Una vez dentro, ya no la sientes tan fría».

Adiós al hospital

Ya ha pasado una década desde que Visitación Carro se dio uno de sus primeros baños invernales en el mar de Riazor. Desde entonces no ha pasado un solo día sin pegarse un chapuzón, y ahora asegura estar mejor de salud que nunca. Recuerda que durante muchos años, cuando vivía en Francia ?donde pasó 56 de sus 75 años?, venía de vacaciones a A Coruña, «y veía a la gente bañándose en invierno y pensaba que estaban locos. Sin embargo, cuando me vine para aquí, lo probé y me va muy bien». De hecho, durante su estancia en el país galo tuvo que ser operada de un problema de huesos «y cada dos por tres me ingresaban en el hospital para quitarme el líquido que se me acumulaba en las rodillas. Desde que vine para aquí, no hubo que ingresarme nunca más», sentencia.

Luis López es uno de los pocos que reconoce que, a pesar de bañarse todos los días en Riazor, de vez en cuando pilla alguna gripe, «pero no es por el frío, sino que es por culpa del trabajo». Él también comenzó a bañarse en Riazor cuando se prejubiló, puesto que antes su trabajo no se lo permitía, y a sus 63 años «me siento en plena forma, y eso que es el único deporte que hago». También reconoce que cuando llueve a cántaros es uno de los pocos que no se atreve a bañarse. El motivo: «Al desnudarme y al vestirme mojo toda la ropa y luego me tengo que ir mojado para casa», razona.

Para Moncho Fariña son tan buenas las propiedades del agua de Riazor que, en lugar de mar, debería ser considerado «un océano», e incluso pide que, al igual que la torre de Hércules, esta playa sea declarada «patrimonio da humanidade». Este bañista coruñés suma ya 78 años de edad, y también tuvo que esperar a jubilarse para unirse a este grupo de nadadores diarios. «Sempre me chamaba moito a atención esta xente que nadaba todo o inverno, e preguntábame de qué estaban feitos para poder nadar a dous grados baixo cero. Eu comecei a vir un verán, e logo xa me enganchei», confiesa. Sobre los beneficios que le aporta esta afición enumera algunas ventajas, como que «me relaxa, me da enerxía, me purifica o organismo e me fai sentir forte e san».

Aunque él ya practicaba algunos deportes antes, como caminar y hacer footing, ha descubierto que nadar a diario le permite seguir siendo «un adolescente algo extravagante. Me gusta facer cousas e superarme, ir mellorando as marcas. Incluso agora fago escalada polo espigón que separa as praias de Riazor e Orzán».

Ritual

El grupo de jubilados que todos los días se reúne en la playa de Riazor parece como si siguieran siempre el mismo ritual. Un poco antes del mediodía, uno a uno o por parejas, comienzan a aparecer por la playa y se dirigen a un grupo de rocas en las que, con mucha calma, comienzan a desvestirse.

Utilizan toallas o una especie de carpa-cambiador para ponerse los bañadores y, en pocos minutos, ya se meten en el agua. Muchos incluso realizan estiramientos, flexiones o se pegan una caminata o una carrera antes de sumergirse en el mar. Las banderas rojas que alertan del peligro de meterse en el agua no los asustan, ya que ellos no salen de la orilla y solo nadan donde hacen pie, y en una zona protegida situada cerca de las Esclavas.

Cinco o diez minutos son suficientes para tomar uno de estos baños revitalizantes, tras el que, rápidamente, los nadadores vuelven a sus rocas-vestuarios. Mientras unos se visten y desaparecen con su bolsa al hombro, otros aprovechan para echarse un poco de crema por el cuerpo y entablar conversación con el resto del grupo.

Algunos no solo se limitan a darse un baño, sino que dedican el resto de la mañana a hacer gimnasia en el Palacio de Deportes de Riazor, a darse un masaje en la Casa del Agua, e incluso hay quien aprovecha las noches del fin de semana para echarse unos bailes. «Yo voy a bailar todos los sábados por la noche, y luego vengo el domingo por la mañana, me doy un chapuzón y estoy como nuevo», relata Manuel Suárez.

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