«Solo me divierte el libro de OCB»

J. Casanova

SOCIEDAD

Descarados y perspicaces, un grupo de adolescentes urbanos cuentan cómo afrontan la presión de sus padres, las relaciones sexuales y el mundo de las drogas

22 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

En el afán de retratar el misterioso mundo que rodea a los adolescentes nos proponemos un pequeño experimento: encerrarnos con un grupo de ellos y plantear una conversación a calzón quitado. Así que reunimos a un grupo de ocho (cinco chicas y tres chicos) de entre 15 y 17 años residentes en el municipio de A Coruña. Solo les pedimos dos cosas: que fueran sinceros y que no gritaran. A lo largo de los 80 minutos fracasamos en el segundo objetivo. Lo que sigue es un resumen de la charla con ese grupo determinado y que, obviamente, solo refleja un poco de su realidad, común a la de muchos adolescentes gallegos, pero no a todos ni siquiera a la mayoría.

La primera sorpresa llega cuando preguntamos en qué se gastan el dinero que, mayoritariamente, reciben de la paga que les dan sus padres: «En tabaco». Casi todos fuman y dedican gran parte de su paga a financiar tan onerosa adicción. ¿Y en videojuegos? «Nahh... Eso está superado». El que más dedica a ese capítulo asegura que se compra dos en todo el año. La mayoría se los bajan de Internet o los comparten, aunque, al menos en esta conversación, no parece algo muy importante para ellos.

¿Tiempo dedicado a los estudios? Una de las chicas apunta que quizás una hora al día. El resto admite que, si no tienen exámenes, no vuelven a los libros de texto hasta que regresan al instituto. ¿Habéis leído algún libro en el último año que no os hayan exigido en el colegio? Solo dos asienten. El resto lo niega todo y uno hace un chiste: «Yo solo me divierto cuando abro el libro de OCB». La carcajada general se oye en cien metros a la redonda, aunque seguro que la mayoría de los lectores de este reportaje no la entienden. OCB es una marca que comercializa, entre otras cosas, libritos de papel de fumar.

El chiste es un reflejo de cómo se ha normalizado la cultura del cannabis en esta generación que, consuma o no, convive con el fenómeno y no aprecia más peligrosidad que la que se deriva del alcohol o del tabaco. De los ocho, solo uno se mantiene ajeno a las tres sustancias. Es el deportista del grupo. El resto admite haberlas probado al menos una vez (hacen dos botellones al mes. En verano, más). Sin embargo, hablan con otro tono del resto de las sustancias (cocaína, drogas sintéticas...), cuyo consumo censuran.

La musiquilla interior

¿Buenas relaciones con vuestros padres? Hay de todo. Padres separados que generan sentimientos ambivalentes, relaciones marcadas por la sinceridad y otras por la falta de tiempo. Eso sí, lo normal es que las charlas parentales lleguen mucho después que los fenómenos que las motivan. Especialmente la del sexo: «Cuando me la dieron -explica una de las chicas- me decía a mí misma que yo podría explicarles las cosas a ellos mucho mejor». Otro expone que a él sus padres le dieron directamente una caja de preservativos y le dijeron: «Ten cuidado».

¿Miedo al sida? «Yo le tengo más miedo a quedarme embarazada», expresa una y genera una discusión espontánea sobre qué es más peligroso. No hay muchos ambages en hablar del aborto como una solución drástica y da un poco de miedo cuando uno de ellos justifica su escasa preocupación respecto al sida asegurando: «Hay pocos infectados, así que malo será que me toque a mí». Escalofriante.

De todos modos, cuando se pregunta por los preservativos, rápidamente aparecen algunos en la mesa. Aún queda otra frase dura: «Las chicas de hoy vienen con abrefácil». El que la pronuncia se gana el abucheo de sus compañeras, aunque ninguna parece azorada. En ese capítulo, los dos sexos sí parecen haberse igualado bastante.

No son un grupo marcado por notas excelentes y algunos admiten tener una notable capacidad para aislarse cuando vienen la charla paternal que sigue a los suspensos: «Yo pongo mi musiquita interior y los dejo hablar», explica uno de ellos. Todos se ríen, porque identifican claramente la sensación.

Son maestros de las nuevas tecnologías y han conciliado los disgustos que les ha causado la factura disparada del móvil usando el Messenger. Una dice que dedica un par de horas al día a navegar por Internet. ¿Tus padres no te lo racionan? «No, porque mi padre está siempre liado con el portátil». Es el mismo padre que, cuando su hija sale de noche, va a buscarla entre las dos y las tres de la madrugada y amigo de la madre que encargó un test de drogas para saber qué tomaba su hijo. Dos mundos que viven bajo el mismo techo pero, muchas veces, en dimensiones diferentes.