Las gallegas dan la talla

SOCIEDAD

Un día en el proceso para saber cómo es el cuerpo de las gallegas.

07 nov 2007 . Actualizado a las 10:14 h.

Hace frío en el recinto ferial de Lugo. En una sala desangelada, tapizada parcialmente con una vieja moqueta roja y que da paso a una galería vacía, se encuentra una de las cinco cabinas que recorren España para hacer el primer estudio antropométrico femenino de un país; es decir, saber cómo es el cuerpo de las mujeres españolas, más allá de los glamurosos anuncios de moda, los escaparates psicodélicos y las modelos famélicas.

Cada veinte minutos entra una mujer en la sala, una de las 713 gallegas (128 luguesas) llamadas a completar la lista de 10.500 señoras de toda edad (de 12 a 70 años) que participan en este experimento nacido del hartazgo del Gobierno paritario por la tiranía de la delgadez. No solo en Cibeles hay que tener más que piel y huesos para pasear creaciones, sino que en las tiendas las mujeres de carne y hueso tienen derecho a encontrar ropa de su talla, y que esta sea siempre la misma. Algo que en principio parece tan sencillo es lo que reivindica el Ministerio de Sanidad y Consumo con esta iniciativa y lo que tienen claro todas las participantes: María, Beatriz, Aurora, Carmela... todas acudieron a la cita inesperada a partir de esa premisa: «Los cánones de belleza son irreales e injustos, y tenemos el deber de cambiarlos», tal y como sentencia una de ellas, cincuentona de excelente figura, que recuerda que «no es lo mismo tener veinte años que cuarenta, y nos quieren vestir a todas igual». Para esta lucense, acudir a la cita de ayer ha sido un acto de responsabilidad: «Cuando me llegó la invitación, decidí acudir porque pensé que, igual que podía tocar otra cosa, me tocó esto y tenía que participar».

O delgada o mayor

Carmela, a sus cuarenta y tantos, no solo piensa igual que su vecina, sino que se siente una víctima más de la situación absurda a la que hemos llegado: «Yo tengo kilos de más, como muchas otras mujeres que veo por la calle, pero las tiendas me relegan a ropa de señora mayor» (a lo que olvidó añadir carísima). Por eso Carmela decidió participar en este estudio, a pesar de los reparos que inicialmente le suponía el reto: «Estoy con la menopausia y engordé muchísimo en los dos últimos años. Por eso, pensar en ponerme en ropa interior delante de gente en esta cabina no me apetecía». Venció sus reparos porque entiende que «es algo que hay que hacer» por el bien de todas las mujeres reales.

No tiene, en cambio, ningún problema con su físico María, una muchacha que inicialmente rechazó la invitación porque está embarazada. «La primera carta no la contesté -explica- porque como estaba embarazada pensé que no valdría». Cuando le llegó la segunda carta, llamó al teléfono gratuito que le indicaban y aclaró cuál era su estado; le dijeron que no había problema. Por eso se animó. Por eso y porque «los cánones de belleza a los que nos someten no son lógicos». María, como la mayoría de las participantes, elegidas de forma aleatoria en el censo de 59 municipios españoles, no conoce a ninguna otra mujer llamada a la cita. Y al igual que Aurora o Carmela, a María le pareció fantástico el proyecto y estupendo el trato recibido por las dos técnicas que atienden la cabina: «Son muy sensibles y educadas -comentó- y me sentí muy cómoda».

Menos de 15 minutos

El proceso de medición es simple aunque un poco lento. La participante da primero una serie de datos físicos, es pesada y medida -«¡No sabía lo mucho que había engordado!», se sorprendió Beatriz al subirse a la báscula- y le entregan un conjunto de ropa interior de Devota?&?Lomba muy deportivo que hay en varias tallas. Es siempre blanco y formado por un sujetador sin aros y un culote; también se les da un gorro de baño. Las piezas se las queda cada participante, son un pequeño regalo por acudir (aunque obviamente sirven para unificar criterios de medición).

Después entran en la cabina -ligeramente climatizada con unas estufas- y siguen las instrucciones de las técnicas con breves descansos entre mediciones. Diez minutos después, tras varios «descansa, fulanita», «sube el brazo», «puedes bajarlo»..., toca vestirse y salir. Es entonces cuando se miden las manos y las muñecas y se acaba la sesión. Si la mayoría la comienzan con cierta timidez y sonrisa de compromiso, a la salida el gesto es más relajado, y la frase que resume el rato, unánime: «Una experiencia muy positiva».

El próximo año se sabrán los resultados, es decir, cómo son las mujeres de carne y hueso que pueblan España.