Faltaron embajadores, el español entre ellos, pero no la prensa especializada, a pesar de la competencia del Mundial de la Peluquería, que vivía sus finales a la misma hora en París. Corrió el champán (francés, por supuesto) en una inauguración que llegó con un mes de retraso. La nueva tienda de Adolfo Domínguez en la capital francesa se instalado donde está su clientela, los profesionales liberales que aplauden su estilo bohemio-chic, que no está al alcance de todos los bolsillos. Abrieron en agosto, en el barrio más antiguo de la ciudad, el Marais, después de superar los obstáculos de Patrimonio a la restauración de un edificio calificado como histórico. El resultado es impresionante. Han unido dos locales donde se exponen con holgura prendas y complementos, un sector al que el diseñador le concede cada vez mayor importancia. «Quisimos comprar el edificio entero, pero fue imposible». Al final se han quedado con dos apartamentos, uno para las oficinas y otro como residencia de la empresa. Adolfo y su mujer, Elena, ya se han reservado una habitación para ahorrarse el hotel cada vez que vengan a París.
Les gusta más que Londres, pero no tanto como Estados Unidos, donde vive su hija mayor. Durante la fiesta hablaron largo y tendido con Apolonio Ruiz Ligero, ex secretario de Estado con Felipe González y actual vicegobernador del Banco de Desarrollo del Consejo de Europa, mientras un grupo de jovencitas les miraban con admiración. Las trajo Mirén, una chica de Allariz empeñada en saludar a sus paisanos.
Adolfo no se animó con el champán. Se trajo un moscatel aromatizado por el que siente especial debilidad. También prefirió el chocolate artesano de Ourense, que los invitados creyeron de fabricación francesa. Y por supuesto, el diseñador y su esposa se presentaron con modelos de su propia marca. Domínguez reconoce que siempre se viste de sí mismo. «Y me sale mucho más barato».