ESTÁ demostrado que el sector profesional de la limpieza no tiene ninguna sensibilidad hacia al arte contemporáneo. Algunos de sus representantes han protagonizado -con una fregona en la mano y una bolsa de la basura en la otra- las más sonadas anécdotas relacionadas con la confusión que ciertos objetos producen en los museos. Lo que pasa es que el espectador, cuando no entiende nada de lo que ve, lo único que puede hacer es quedarse con la duda, pero el servicio de limpieza está autorizado a tocar aquello a lo que se supone debe sacar lustre. Y a veces se equivocan. Más, cuando el arte sale a la calle. Ahí sí que ya es difícil acertar, porque en un espacio acotado, uno siempre puede pensarse dos veces si el cuadro eléctrico es lo que es, o es una instalación en la que el autor reflexiona sobre los enchufes. Pero un banco con aspecto algo cutre en la trasera de un edificio y al lado de un contenedor, está sentenciado a acabar en un vertedero. Eso es lo que le pasó hace unos días a la artista viguesa Carme Nogueira, que había colocado unos asientos móviles en el patio de unas viviendas, con los que quería expresar su opinión sobre el centralismo que impera en las acciones para embellecer las ciudades. Ahora entiendo por qué a los aspirantes a celador o barrendero les exigen saber un poco de todo. Lo que no me explico es por qué si dejas en la basura cualquier aparato eléctrico no se lo llevan ni por casualidad, cuando hay objetos que podrían pasar perfectamente por absurdas obras de arte. Hay tostadoras y microondas que podrían haberse vendido en Arco por un dineral.