A NADIE extraña ya que E.T. apuntara al cielo con gesto melancólico. El extraterrestre debió comprender enseguida lo que se le vendría encima si entraba en un banco a pedir una hipoteca. Su casa estaba en algún lugar del firmamento, pero las de aquí están por las nubes. Seguramente aquello no fue una metáfora de Steven Spielberg, que por entonces ya había superado los tiempos en los que debía preocuparse por el crédito. Pero es que el mercado inmobiliario español parece cosa de otra galaxia. El ritmo de construcción sigue y sigue, las empresas del sector ganan tanto dinero que se lanzan a la conquista de otros negocios para colocar lo que los técnicos llaman excedentes. Mientras, muchos pisos siguen vacíos y para el común de los mortales se convierte en una odisea poder comprar una vivienda. Traducido a números: un piso de cien metros cuadrados costaba a finales del año pasado 251.600 euros de media (casi 42 millones de pesetas). El precio se multiplicó por ocho en veinte años. Aún más, los jóvenes que deciden empufarse para adquirir vivienda saben que van a trabajar durante diez años sólo para pagar la hipoteca. Dicho de otro modo, entre veinte y veinticinco años dejándose la mitad del sueldo en el piso. ¿Cómo es posible que el incremento de la oferta no frene los precios? ¿Tan fuerte es la presión de la demanda? ¿Por qué no funciona la más elemental ley del mercado? El centro de las ciudades se vacía, la periferia se pone a precio de milla de oro y los ilusos aspirantes a propietarios, como el extraterrestre, apuntando al cielo taciturnos: «Mi caaaasa».