LES PROMETO que mi auténtica intención era escribir un artículo contra la ola de censura y, peor aún, autocensura, que nos azota y criticar duramente al más puro estilo Merkel, el poco valor de la directora del teatro de Berlín que suspendió una ópera porque el director del Idomeneo le cortaba la cabeza a Mahoma (en broma, claro) en una orgía de decapitaciones magnicidas con los más importantes líderes religiosos (menos Neptuno que, la verdad, no sé quién le dio vela en ese entierro) de la historia. Una actitud intolerable a todas luces. Y ya estaba yo dale que dale a la tecla cuando pensé que a lo mejor me estaba pasando y que, en estos tiempos de Internet, no le sería muy difícil a un integrista de cualquier religión, dar con mi correo electrónico y mandarme un mail amenazante de esos que te cortan la digestión. Releí lo que tenía escrito y lo peiné un poco. Pero luego, mientras buscaba un buen final, se me ocurrió que, aunque a mí me pareciera correcto, no todo el mundo aplica el mismo punto de vista y a lo mejor el integrista de marras lo interpretaba muy a pecho. Tanto, que igual no se conformaba con una amenaza electrónica y se saltaba el mundo virtual para directamente rallarme el coche con una cruz o una cimitarra. Me mosqueé otra vez y le di un segundo peinado al artículo. No había acabado cuando me vinieron a la cabeza las fotos del «día de la ira» que los islamistas celebraron la semana pasada para darle estopa al Papa. ¡Menudas caras de mala leche! Así que finalmente he decidido no escribir ningún artículo sobre la autocensura y, por lo tanto, este artículo no existe. Lo siento.