NO ES habitual que un libro -y mucho menos una serie- pase el examen cuando se trata de dibujarlo en la pantalla grande. La mítica frase «es mucho mejor la novela» suele ser acertada en un alto porcentaje de las ocasiones. Pero a Díaz Yanes le ha salido redondo. Clavado. De sombrerazo. Las desventuras del oscuro Diego Alatriste ganan, incluso, en la película. Desde las interpretaciones hasta el vestuario. Desde la luz hasta los diálogos. El sórdido y putrefacto ambiente de la España del siglo XVII engancha a uno por el cuello desde las primeras escenas y lo acompaña durante todo el metraje. Y eso es lo más grande de un proyecto que demuestra que en España se puede hacer buen cine cuando se quiere. Que son poquísimas veces, por mucho que algunos se empeñen en promulgar lo contrario hasta cansar. Alatriste es una lección de historia impartida por un Viggo Mortensen que se sacude clichés de orcos, enanos y anillos y demuestra oficio, método y perspicacia en eso de ser actor. Se mete en las tripas del soldado creado por Reverte y recrea con gran habilidad su ceño fruncido. Su espada. Su empecinamiento. Y, sobre todo, sus tristes silencios. Lo dicho. Un peliculón. No falta ya quien diga que es muy comercial, que parece yanqui , que si tenía que ser Banderas el protagonista, que si el cine made in Spain se ha vendido... Todos los clásicos. Suele pasar. ¿Será verdad eso de que la envidia es el mal nacional? Alatriste se calaría su sombrero, miraría resignado y, por supuesto, no respondería.