MI CUÑADO Fran me contó el otro día que había leído una noticia del periódico en la que un médico muy famoso contaba que los humanos tenemos mucho más desarrollado el sentido del olfato que el del gusto. No me extraña. La verdad es que gusto tenemos más bien poco. Sólo basta con ver los chalecitos que se construye alguna gente de posibles. Horteras a esgalla. Y eso por no hablar del manido feísmo. O de las costumbres culinarias de nuestros adolescentes, empeñados en enmascarar todos los sabores bajo un manto de ketchup. Demostrado, no tenemos gusto ninguno. En cambio, no me digan que no somos unos hachas olisqueando. Bajemos al terreno de lo comprensible. ¿No les cheira de pena lo bien que va la selección española en el Mundial? A mí me huele a chamusquina. Mi madre siempre me decía que a los gitanos no les gustan los niños de buenos principios. Vamos, que prefieren que empiecen un poco mal y que luego remonten. Al más puro estilo italiano. Justo lo contrario de lo que estamos haciendo en este campeonato. Así que creo yo que esta sensación que tengo de que vamos a llegar a octavos con la ilusión desbordada y que la maltrecha Francia del abuelo Zidane nos va a ganar con un gol en la típica jugada chorra no es más que el efecto de mi hiperdesarrollado sentido del olfato. Porque reconozco que yo no soy muy fino catando vinos y que mi sentido del gusto es del montón. Ahora, tras años y años de socio del Atlético de Madrid creo que sé mucho de fútbol. Y mucho más de mala suerte. Y en eso, la Roja, es igual que la rojiblanca.