DICEN que, bien entrada la noche, cuando todos los gatos son pardos, los fumadores sacan el paquete y el mechero en cualquier establecimiento y, que se sepa, no ha pasado nada por mucho humo que expulsen. Dicen (y esto lo ratifico yo) que incluso la prohibición de los cigarrillos de chocolate no se cumple. El producto y el envase siguen siendo prácticamente idénticos sólo que, en vez de llamarse cigarrillos de chocolate, se llaman barritas de chocolate. Resulta que un joven de 16 años con la ley en la mano no puede comprar un paquete de tabaco, pero sí puede adquirir una caja de vino, o un brik para inyectarle cocacola o beberlo a morro. Ahora, la Xunta se plantea salvar esos dos años que separan los 16 de los 18, para que la prohibición de adquirir alcohol sea completa. La realidad es que a un chaval de 16 años no lo para ninguna ley si quiere fumarse un cartón de tabaco o beberse una cosecha, por no hablar de los agentes psicoactivos que nunca estuvieron a este lado de la ley aunque protagonizan un comercio floreciente con beneficios para los malos y perjuicios para los débiles. Y aunque parezca que todo el mundo sabe ya de los peligros del tabaco y el alcohol, lo cierto es que hay bebedores y fumadores para aburrir y para alimentar las arcas del Estado. ¿Conclusión? La educación lo es todo. Por mucho que se prohíba y mucho que se controle (se prohíbe mucho y se controla poco), si el individuo no está convencido, no hay nada que hacer.