FUE EN la alicantina Almoradí donde cuatro chavales de entre 15 y 17 años tuvieron que ser detenidos. ¿Por qué? Al parecer carecían de algo mejor que hacer que pegarle una brutal paliza a otro niño de 14 años. Y la burrada no les debió semejar lo suficientemente digna de un cuadrúpedo. Porque, de otro modo, no se entiende que encima se regodeasen en su hazaña . ¿Cómo? Grabándola en un móvil para, luego, poder pasársela a otros que, cabe pensar, también deben tener las neuronas bastante anestesiadas ya que no denunciaron de inmediato. Este hecho en sí, de manera aislada, ya se puede calificar de preocupante. Pero lo peor es que, se cuenta, lo de ir por ahí arreando y vejando para dejar constancia de ello a través de un teléfono móvil es como una especie de nueva moda enfermiza. O así se le está trasladando a la opinión pública. De ser cierto, habría que empezar a alarmarse. A pensar muy en serio por qué suceden estas cosas. Y cómo pararlas. Aunque sean capítulos escasos. Aunque, afortunadamente, no se trate de algo generalizado. Porque la violencia es aún más obscena cuando la protagonizan chavales. Porque educar es evitar que pasen aberraciones como la de Almoradí. Porque algo así no puede ser una moda. Y porque es cosa de todos echarle el freno a barbaridades de tan baja estofa. No vayamos a estar tan ocupados que miremos para otro lado. O, incluso, que nos haga gracia. Que también hay a quien se la hace. Aunque no la tenga. Ninguna.