La prudencia

FEDERICO FERNÁNDEZ DE BUJÁN

SOCIEDAD

LA GOLETA | O |

23 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

LA PASADA semana, La Voz publicó distintos reportajes acerca del trágico balance de accidentes en Semana Santa. Se destacaba cómo la imprudencia, por acción u omisión, había sido causa directa de un importante número. Es oportuno intentar una reflexión sobre lo que dicta el sentido común pero niega la realidad. La prudencia es una virtud. El concepto de virtud encuentra su origen en la filosofía griega y es reformulado por la escolástica cristiana. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza forman el conjunto de las virtudes cardinales. Tienen por objeto ordenar la conducta humana para que actúe rectamente. Si los puntos cardinales orientan al hombre en su camino geográfico, las virtudes cardinales tienen un significado de utilidad para lograr que recorra rectamente su sendero vital en relación con los demás. Una conocida imagen de la pintura clásica representa un carro gobernado por un auriga y tirado por tres briosos corceles. En esta bella alegoría griega, el auriga representa a la prudencia y los tres caballos son las otras virtudes. El hombre prudente da, pues, órdenes indicando: qué es lo justo, qué resulta conforme a la templanza y qué se adecúa a la fortaleza. La prudencia es, por tanto, la virtud del discernimiento. Una persona prudente es «aquella que hace lo que debe y evita lo que no debe». Su desorden puede ser por exceso o por defecto. Es imprudente por acción quien hace lo que no debe, por ejemplo, circular con exceso de velocidad o adelantar en una curva cerrada. Es negligente, imprudente por omisión, quien no hace lo que debe, por ejemplo, no detenerse en un stop o no llevar puesto el cinturón de seguridad. ?La imprudencia puede graduarse. Se llama temeraria a la que lo es en grado sumo. Es necesario convencerse de que lo hecho no puede deshacerse. Querría clamar, a todos en general, y a los jóvenes en particular, que la vida no tiene moviola.