EN LAS primeras décadas del siglo pasado Corleone era un pueblo lleno de viudas y de silencio. O, al menos, así lo describía Mario Puzo en El Padrino , una obra capital en la cultura de masas tanto en la versión del escritor italoamericano como en la colosal adaptación cinematográfica de Coppola. El ambiente de pueblo fantasma lo recrea Puzo en el regreso del joven Vito para vengarse de don Tomassino y durante el exilio de Michael tras asesinar al capitán McCluskey. El éxito de la historia puso a Corleone en el imaginario de media humanidad y despertó la curiosidad sobre si existía el pueblo. Y no sólo existía sino que era exactamente como lo había descrito el escritor y como lo había filmado Coppola: pequeño, silencioso, lleno de mujeres de negro... Así que Corleone fue siempre igual. A pesar de la fama, a pesar de los turistas, del juez Falcone, de la heroína, de la Camorra o de la iniciativa de alguno de sus vecinos menos arraigados para cambiarle el nombre, el pequeño pueblo siciliano mantiene todo su poder oscuro. Cuando menos el suficiente como para salir de nuevo en la portada de todos los periódicos del mundo tras la detención de otro megapadrino al que seguramente ya ha sustituido su caporegime . Dadas las circunstancias y sabiéndose lo que se sabe, en cuanto el Estado italiano inicie su nuevo acoso a la mafia tal vez podrían considerar la idea de que, antes de perder 20 años con búsquedas infructuosas, quizás lo mejor sería empezar por peinar bien Corleone.