APURABA la vida rápido. Muy rápido. Creía en una existencia a tragos largos. Sin concesiones. Sin paradas. Sin ninguna pausa. Se lo jugaba todo al color de lo fugaz. De lo inmediato. Para él, todos los días eran como una gran montaña rusa en la que sólo valía la pena estar arriba. No le gustaba nada perder. Y lo que más odiaba era sentir que lo que perdía era tiempo. Así eran sus cosas. Veloces. Ya. O ahora o nunca. Un credo con el que empapaba las veinticuatro horas de la jornada. Le ponía un precio carísimo a cada tictac de su reloj. Le daban envidia los insomnes. Decía que están vivos más tiempo. Y que para dormir ya espera la tumba. Hasta que frenó en seco. Una noche cualquiera de un día cualquiera el contador de sus minutos estuvo a punto de quedarse helado. Para siempre. Faltó muy poco. Casi nada faltó. La carretera, que es muy perra y muy negra, le hizo jaque. Sólo la suerte quiso que no fuese un mate. Y, de repente, la montaña rusa se desmoronó. Y él cuenta que fue viendo cómo se venía abajo. Primero en la ambulancia. Luego en la cama del hospital. Después en la rehabilitación... Ahora ya no tiene prisa. Ahora derrocha generoso horas con los suyos. Ahora dice que todo tiene un momento y que hay un momento para todo. Ahora, en su cabeza, el mundo es mucho más tranquilo. Mucho más calmado. Ahora cree que antes no perdía ni un segundo. Pero sí perdía casi todo lo importante en la vida. Porque no tenía tiempo para verlo.