DESPUÉS de tantos años soñando con platillos volantes, al fin he visto uno, en medio de los campos planos, tras millas de carretera vacía -la 285-. Volaba a ras de suelo dejando atrás Moriarty, Vaughn y algún otro pueblo abandonado. No muy lejos de aquí está la estación de ruidos interestelares de Alamogordo. Molinos gigantescos dedicados a descifrar la música del firmamento. Y tras millas y millas, escuchando a los Ramones, aparece Roswell. Para mí, un tanto trekky en mi fuero interno, venir a Roswell es como peregrinar a Roma. Roswell es parte de mi infancia, (posiblemente también de la suya, compañero) de mi mitología de fetos ingrávidos, inteligencias superiores y complots de la CIA. Desde 1947, cuando dos naves espaciales se estrellaron en sus alrededores, Roswell ha crecido para convertirse en una población mediana, con farolas en forma de alien y platillos pintados sobre las paredes de las casas. Se respira un irresistible aire kitsch . Visitamos el museo UFO donde todos los meses de junio se organiza un encuentro de amantes de lo extraterrestre: tapizado de recortes de periódico, fotos de hombres ya muertos con peluquín, mapas de letras y de números¿ parece un cine de barrio enmoquetado y algo triste. En la tienda de regalos del UFO Center, un hombre bajito y reteñido, se perfuma el aliento con un vaporizador al eucalipto y le cuenta a Rédouane que las vacas en estos pagos mueren mucho. Por las radiaciones, ya se sabe.