UN ANUNCIO de agua mineral decía: «no pesan los años, pesan los kilos». Te animaban a beber mucho líquido para adelgazar y ponerte en forma. Ya. La realidad es bien distinta. En mis primeros 30 años de vida no pisé un hospital más que para visitar a los parientes y amigos. No me hice ni una cicatriz, ni un rasguño. Fui el único niño de la clase que terminó el colegio sin haber recibido puntos por una pedrada o un corte o por una operación de apendicitis. Y eso que toda mi vida he hecho mucho deporte y que siempre he sido bastante cabra. El tercer año de facultad jugué todos los días, bien al fútbol, al rugby o al futbito. Y no me hice nada. Vi caer compañeros y rivales con ligamentos rotos, tibias y peronés partidos y brazos quebrados. Pero yo nada. Y en esto, paso de la treintena y sigo bebiendo mucha agua mineral y teniendo un peso más o menos adecuado. Un poco más de tripita, pero bien. Sin embargo, en apenas año y medio y a pesar de que sólo juego una vez a la semana al futbito me he roto un brazo, me he hecho varias microrroturas de fibras en el mismo gemelo y hace unos días me rompí el menisco y tendré que pasar por el quirófano. Será la primera vez que pise un hospital como paciente y también será mi primera cicatriz, mi primera marca de guerra. La experiencia me dice que las coincidencias no existen y que todo tiene una explicación. En este caso, es simple: lo que pesan son los años. Se pongan como se pongan los del agua mineral del anuncio.