Extraños casos

B.R. SOTELINO

SOCIEDAD

ES muy raro lo que nos pasa con ciertas noticias. Cuanto más extrañas, más fácilmente cuelan. Como la del misterioso pianista mudo y amnésico, que ni tocaba el piano, ni era mudo, ni había perdido la memoria. Difícilmente creíble era que lo encontrasen vagando por Inglaterra, le pusiesen un folio delante en el que dibujó un piano, y se pusiese a tocar como un virtuoso. Pero tragamos. Cuando le dio por hablar y decir que no tenía ni puñetera idea de música, resulta que los médicos que lo trataron, unas eminencias, reconocieron que el chaval aporreaba el aparato sobre una sola nota. Mozart, vamos. Ahora, para animar la aburrida actualidad, y como si no ocurriesen ya en el mundo cosas extrañas, curiosas y apasionantes sin necesidad de inventar, nos venden el extraordinario caso de la familia de cuadrúpedos turcos y hay quien pretende que nos traguemos que ¡quizá su situación explique el misterio de la evolución humana! No hace falta ser premio Nobel para darse cuenta de que nadie puede confundir una malformación congénita con un hallazgo antropológico. Pero la historieta de los desdichados turcos ahí queda, como si nada. Lo más extraño de todo es que no se entiende muy bien cuál es el sentido último de estas tonterías que nos quieren hacer creer con explicaciones de pacotilla. Desde el ataque marciano de Orson Welles, el nivel anda por los sótanos de la imaginación. El eslabón perdido se engrasa en las agencias de noticias.