SE BUSCA a Michael Astorga por el asesinato del diputado sheriff del condado de Bernalillo. Las pantallas de televisión en los diners, en las gasolineras reiteran espasmódicamente su rostro de ojos alucinados y cejas rotas. Wanted: 50.000.000 dólares. Y mientras la policía busca a Michael Astorga, Oscar Esquivias -de visita-, Rédouane y yo conducimos hacia al sur de Nuevo México a través de montañas negras y cañones azules, paisajes de desolación inaudita, de belleza de otro mundo. Dejamos atrás Socorro, Ruidoso. Vamos camino de Alamogordo, rozando la famosa área 51 donde se estrelló el primer platillo volante sobre territorio americano. Roswell a la izquierda, trenes kilométricos de la Union Pacific entre los campos de alfalfa y, tras perdernos varias veces y dar la vuelta, entramos en el desierto níveo de White Sands, en la hondonada de Tularosa. Estamos al norte del desierto de Chihuahua, junto a un cinturón militar ultra secreto donde todavía se prueban misiles, donde se arrojó por primera vez la bomba atómica. El coche avanza entre las dunas de yeso, gigantescas, lunares. Caminamos entre nieve seca frente a la cordillera oscura. Menudean los lagartos blancos y la vegetación de espinos moribundos. Nos sentamos entre la blancura de la nada que no termina nunca y yo pienso en Georgia O'Keefe y en sus onduladas formas anaranjadas y blancas y negras. Y pienso en su rostro arrugado mirando hacia atrás desde una vieja vespa de camino a Abiquiu. Fue en 1944, en Nuevo México.