Una bola amarilla que se desplaza por un circuito, perseguida por unos fantasmillas de colores puede ser lo más emocionante del día, el piloto rojo que marca el momento álgido de una jornada sin historia. Sólo unas partidas al Pacman, al comecocos, y el preso de Oregón que no puede reducir condena, queda finalmente somatizado gracias a la acción de la pantalla de una consola. Y la cárcel vive más tranquila, libre de la ansiedad que el preso ha liberado a través de la partida. Como el director del Ponte dos Brozos, el colegio de Arteixo donde los escolares estudian con un ordenador portátil, una experiencia pionera que ha barrido la escuela de conflictos. Hasta hay alumnos, y no pocos, que aprovechan el recreo para usar el portátil con juegos en vez de echar un partido en el patio. Somatizados. Como el currante que se abandona a la consola cuando la tele queda libre y juega un partido de la Copa de Europa con la elástica del Barça o domina un suburbio de Los Ángeles con una Beretta y un descapotable. Es emoción real, hasta que se evapora. Andamos todos somatizados por la pantalla. De una a otra, o cada uno con la suya. Es muy difícil prescindir de ellas y enfrentarte a la cara del otro, que está también con su pantalla. Se me ocurre esta reflexión después de ver a un niño de ocho años despedirse de otro compañero de colegio al bajar del autobús. No le dijo: «Quedamos por la tarde», lo que yo oí fue: «Nos vemos en el Messenger!»