HE FUMADO 18 años de mi vida. Tengo 33, así que con cierta vergüenza debo reconocer que mi primer pitillo me lo encendía con sólo doce añitos. Hace tres años -más o menos- que he dejado de fumar. Mi salud no ha mejorado espectacularmente, aunque sí noto que tengo mejor las vías respiratorias. Lo que sí ha mejorado sustancialmente es mi bolsillo. De mis 18 años de fumador pongamos que seis fumé como un carretero -tres paquetes diarios-, otros seis fumé bastante -dos paquetes-, y otros seis, poco -un paquete-. He hecho el cálculo y, alucinen, en total me fumé unas 13.140 cajetillas y unos 262.800 pitillos. Pongamos que la cajetilla valió un media de 1,5 euros. ¿Saben lo que me costó el vicio? Pues 19.710 euros. Más de 3,2 millones de las antiguas pesetas. Fumar es algo compulsivo. ¿Se imaginan que en ese mismo tiempo me hubiera comido 262.800 filetes de solomillo, o la misma cantidad de latas de berberechos? La nueva ley está bien. A muchos les ayudará a dejar ese insano hábito y a otros les obligará a reducir su consumo. Ya me dirán cómo alguien se va a fumar tres cajetillas en ocho horas, teniendo en cuenta que el resto del día estará trabajando o durmiendo. Fumar, como toda actividad molesta, debe hacerse donde no afecte a terceros. A mí el humo no me molesta y menos si es de un buen habano, pero resulta que produce cáncer y eso ya es otra cosa. Y no me diga que de algo hay que morir. De cáncer muérase usted. Yo me pido morir de viejo.