COSAS QUE PASAN
02 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.LA NECESIDAD de seguridad personal y de proteger la propiedad privada armó de maniqueísmo a la sociedad norteamericana cuando los pioneros se pusieron manos a la obra. La democracia nacía para hacer felices a los ciudadanos, pero no se planteaba la ilicitud de la pena de muerte. El ajusticiamiento se convirtió en seña de identidad de una sociedad que se iba levantando con la conquista de un territorio inhóspito y la aniquilación de los indígenas. Lo malo es que lo que podría interpretarse como respuesta primaria en un mundo embrutecido sigue vigente en la primera potencia mundial. Ayer, en Estados Unidos, fue ejecutado el preso número mil. Y dentro de doce días, si no llega la clemencia a última hora, serán 1.001 las víctimas de la pena de muerte desde que en 1976 se volvió a legalizar la inyección letal. ¿Y qué dicen de todo esto los estadounidenses? Pues no mucho: la abolición no es un debate popular allí. Desde luego que hay millones de ciudadanos contrarios al asesinato legal en un país que está en la vanguardia de muchos de los movimientos a favor de los derechos civiles. Pero son minoría entre quienes se sienten herederos de la esencia de los fundadores, entre los que no entienden que la pena de muerte los equipara, en cierto modo, a los gobiernos del Eje del Mal, a los que se sienten en la obligación moral de combatir. Claro que a quienes envían al frente y a la silla eléctrica suelen ser los mismos: negros y pobres.