Confesionario


EN UNA iglesia de Madrid, en un rincón del templo, una figura gris se distingue arrodillada frente a un confesionario:-Ave María Purísima. -Déjate de convencionalismos, Ricardo, que me tenéis frito. -Tranquilo, José Luis, que la paciencia es una virtud cristiana. -Pero qué paciencia ni qué ocho cuartos. Con el lío que me están preparado los currantes, ahora venís vosotros a armarla. ¿No habíamos quedado en mantener el arreglo económico y la asignatura de religión? -Tranquilo, José Luis, que todo está bien. Son cosas de Antonio María, que no se acostumbra a la soledad. -Pues vaya con el gallego. ¿Y tú que? ¿No eres el presidente? Pues que sepas que los presidentes tenemos que dar la cara. -Ya, pero es que Antonio María lo lleva fatal. Ya sabes que padece de los nervios. El otro día casi me da con un botafumeiro en miniatura que tenía en el despacho. -Pues, mira lo que te digo, voy a pensar lo de la pasta. -José Luis, haz como yo, pon la otra mejilla. Ya lo castigarán en el cielo. -¿En el cielo? ¿Encima va a ir al cielo? Esto es el colmo. -Abandona tus sentimientos impuros, Josele. Ya verás como todo se arreglará. -Bueno, confío en ti. Volveré la semana que viene. Cuando se extinguió el eco de los pasos del presidente del Gobierno se oyó una palmada. La que chocaron en la oscuridad Ricardo Blázquez y Rouco Varela mientras se susurraban al oído: «Lo del poli bueno y el poli malo es imbatible».

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