ES EL COMIENZO del curso y se nota. Caras largas con sonrisa forzada. Saludos y abrazos para los amiguitos. Miradas de reojo para los no tan amiguitos. Correteos por los pasillos. Grupillos en los que se comentan las vacaciones. Ropa nueva, bolígrafos de estreno, cuadernos del trinque. Vuelven a ocupar sus sitios, ávidos de griteríos y muecas. Respondones. Firmes en sus obstinaciones infantiles. Inasequibles a la disciplina. De hecho, muchos ni siquiera se presentaron en su vuelta al cole . Porque los diputados del Congreso, en contra de lo que pueda parecer, no son como niños. Juegan fuera de concurso porque son los auténticos rebeldes sin causa justificada. No les hacen tilín ni siquiera esa especie de pupitres electrónicos que acaban de instalarles en sus ilustres escaños. Pero seguro que a lo largo del año utilizarán sus correos electrónicos con proporcional acierto al uso que hacen de la oratoria. Al menos los agravios de los mails que posiblemente se intercambien en plena sesión Rubalcaba y Zaplana no machacarán los oídos de los ciudadanos. Mucho mejor el silente zurriagazo en el ciberespacio que el grito pelado. Hagan lo que hagan, no hay castigo posible. Porque, curiosamente, ellos son los teóricos padres de la patria . El primer día del curso provoca el llanto de muchos niños. El comienzo del curso político ha sido para llorar.