TAL VEZ ignoren los obispos, cegados de justa indignación, que su revuelta en materia marital acerca a Zapatero a los clásicos como no lo harían diez lecturas consecutivas del Quijote, de rodillas, con los brazos en cruz y el capirote en la azotea. Corría el siglo XIII cuando Alfonso X decidía legislar acerca de la prostitución. El monarca ansiaba acabar con las barraganas, concubinas consentidas que daban hijos y contento carnal a numerosos clérigos. El pollo que se montó obligó al buen Alfonso a achantar. Por aquel entonces se llevaba más la horda sedienta de sangre que la manifestación en la Gran Vía, pero no hay duda de que aquellas gentes se hubiesen arremangado el hábito para echarse a la calle y defender tras la pancarta su sagrado derecho a «yazer con fembra placentera». Ya dos siglos antes, Gregorio VII, desesperado ante tanta lubricidad, tanto cachondeo y tan poco celibato, aseguraba preferir al sodomita antes que al cura casado. Como se verá, el relativismo moral abunda en la historia de la Iglesia. «Cada hombre tiene sus razones para llevar la clase de vida que lleva. Lo que no se debe hacer nunca es meterse en las cosas de los demás». ¿Qué teórico del laicismo se oculta tras esta terrible sentencia? Nada menos que el guionista de Marco, de los Apeninos a los Andes , aquel lacrimógeno culebrón animado, otro clásico, al fin y al cabo. Se lo hizo decir a un vagabundo en el capítulo vigésimo de la serie. A menudo el sentido común habita en las pequeñas cosas.