A TERESA y a Manolo les pega una patada el despertador todos los días a las seis de la mañana. A las seis y cuarto en la cama sólo quedan sábanas. Ducha rápida, café negro y al tajo. Siempre igual. Rutina cocinada al fuego lento de los días. De los años. A Teresa ya hace tiempo que se le quedaron los ojos secos de clavarlos en una máquina de coser industrial. Un monstruo metálico que tiene perfectamente domado. Pero de vez en cuando aún se le revuelve y la castiga con su aguijón. Las tiritas se mezclan con los fogones, con las comidas, con las cenas, con los hijos... Las tiritas se mezclan con todo. Manolo vive en una nave. Pero no navega. Es de las que sólo tienen paredes y un millón de máquinas en las tripas. Las ha visto llegar todas. Y se las ha ido apañando para saber cómo van. Horas de chispazos, de martillos neumáticos, del gris de los muros... No se queja. Va tirando. ¿Su historia? La cuenta rápido: seguridad social pagada y cervicales destrozadas. A Teresa y a Manolo les gusta la tele por la noche. Cuando la vida se calla. Otean el mundo desde una pantalla. Ya han visto a muchos trajeados rogándoles su voto. «Prometo». «Cumpliré». Ahora, que vuelve a tocar, Teresa y Manolo se miran con media sonrisa. Cómplices. Cansados. Mejor apagar el cacharro y volver a calentar las sábanas. Porque, a las seis, el despertador les pedirá otra vez lo suyo. Y eso no es una promesa. Eso es seguro. Lo único seguro.