Cuando sonó el timbre de la puerta, mi mujer y yo ya estábamos preparados. O eso creíamos. El tipo tenía la pinta que esperábamos: adusto, malencarado, vestido de negro y con una libreta en la mano. «Buenos días, soy el inspector de tareas domésticas. ¿Dónde tienen la cocina?» El primer asalto lo resolvimos con holgura. Yo expliqué correctamente el funcionamiento de la lavadora y me defendí con dignidad en la prueba de fregar platos con restos endurecidos de la noche anterior. -¿Quién se encarga de planchar esta semana? Mi mujer, que me quiere mucho, salió a echarme un capote: «Esta semana me toca a mí». El tipo levantó una ceja y me miró con sus ojillos oscuros: «Quiero ver cómo lo hace él». Me tragué un juramento y me encomendé a san Juan Pablo II mientras enchufaba la plancha. Entretanto, el inspector pasaba un dedo por el mueble del dormitorio: «Polvo. Hmmmm. ¿A quién le tocaba limpiarlo». Intenté explicarle que había tenido unos días muy duros en el trabajo, pero el muy intolerante apuntaba en la libreta. Tanto me azoré, que no me di cuenta de que la plancha estaba quemando el vaquero: dos negativos más. El tipo siguió apuntando cuando se dio cuenta de que había una bombilla fundida y cuando fui incapaz de preparar unos pimientos rellenos de foie . Estaba bloqueado. Ahora escribo estas tristes líneas desde una celda la prisión de Pereiro para avisaros a todos: por vuestro bien compartid las tareas domésticas.