AYER se produjo en Jerusalén un encuentro histórico, no sé si irrepetible, pero insólito hasta la fecha. En la misma mesa y con el mismo motivo se reunieron una docena de líderes de las tres principales religiones monoteístas; cristianos (en múltiples vertientes con patriarcas ortodoxos griegos, armenios, el nuncio del Papa en Tierra Santa, etcétera) judíos y musulmanes. Todos ellos bajo una misma pancarta, con un mismo mensaje, apoyando la misma denuncia. En realidad, se trata de un pequeño milagro porque no hay ciudad más disputada que Jerusalén ni gente menos bien avenida que los religiosos que allí residen y que, normalmente, ni se dirigen la palabra sino que dirimen sus custodias en esta santa ciudad a través de mensajeros. ¿Qué pudo haber ocurrido para reunir a todas estas fuerzas de la trascendencia divina bajo una causa común? ¿una declaración desesperada contra la violencia en Tierra Santa? ¿un acuerdo sincero entre religiones para evitar el hambre en el mundo? ¿un llamamiento a la paz planetaria? Desde luego que no. La violencia, el hambre, la paz, seguro que les preocupan, pero a cada uno de forma diferente. Lo que les une en este caso, el poderoso ultraje que ha provocado esta sorprendente fusión de espiritualidad, es la convocatoria del día del Orgullo Gay, que se celebrará en agosto en Jerusalén y que llevará hasta la santa ciudad a homosexuales de todo el mundo. Una provocación intolerable. ¡Vaya tropa!