EL VATICANO sabe bien lo mucho que le cuesta al común de los mortales creer en lo que no ve. Sólo así se explica el empeño por mostrar a un Papa maltratado por la enfermedad y que a duras penas puede concluir un discurso. Para un hombre que pasa de los ochenta y que hace casi quince años que padece párkinson, una infección de las vías respiratorias es algo serio. Dicen los médicos que el tratamiento deja al paciente muy debilitado y con aspecto desmejorado. Y Juan Pablo II, pese a las muchas muestras de fortaleza física que ha dado a lo largo de su vida, fue estos días la expresión del cuadro clínico. Es cierto que si, después de nueve días de convalecencia, el Papa hubiese abandonado el hospital por la puerta de atrás y en un coche de cristales tintados los rumores se hubiese disparado. Navarro Vals lo hubiese tenido difícil para desmentir las acusaciones de oscurantismo y para hacerse creer sobre el verdadero estado de salud del Pontífice. Pero ¿ha despejado las dudas la exhibición que se hizo por las calles de Roma a bordo de un papamóvil con iluminación interior? ¿Era necesaria la penosa comparecencia del domingo para dirigir el ángelus desde la ventana de su habitación? ¿Alivió en algo el dolor de los cristianos comprobar cómo sufre el máximo dirigente de su Iglesia? ¿Es ésa la voluntad del Papa? Como cualquiera, Karol Wojtyla está en su derecho de decidir, mientras pueda, hasta su último suspiro. Aunque apena ver tanto martirio.