SERIE BE

04 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

TIENE usted diez minutos para elegir qué objetos quiere rescatar de su casa antes de que la demuelan. Diez mínimos minutos para escoger entre las fotos, la plata, las joyitas, la ropa, los libros, las cartas, las películas de deuvedé, aquel recuerdo de Amsterdam, la mantelería de la yaya, el disco duro del pecé, el primer dibujo de la hija, los bolsos, las pinturas -de la cara- y el diario. A los vecinos del barrio del Carmel a los que el metro se les metió en el mismo catre, les dieron diez mínimos minutos para elegir qué parte de su vida querían rescatar. Se les supone así, en medio del salón, con el tic tac del reloj resonando en la cabeza como si fuera el temporizador de una bomba y repasando mentalmente qué objetos merecían un indulto tan poco meditado. Se les supone casi como a Sophie, la Meryl Streep de la brutal película de Alan Pakula, enfrentada a la desgarradora decisión de elegir entre salvar al hijo o a la hija, situados los tres ante la cámara de gas de un campo de exterminio nazi. En el salón de esas modestas casas con las raíces ensartadas por el túnel del metro, los vecinos del Carmel sufrieron en versión acelerada una de las consecuencias de vivir: la de encontrarnos en permanente estado de elección. Y lo que es mucho peor, la de suponernos en permanente estado de equivocación. Ejercicio: imaginar cómo hubiera sido la vida si hubiésemos tomado las otras decisiones. Consejo: el suicidio nunca es una solución.