SEÑORES banqueros, yo les entiendo. Sé lo que les pasa. Puedo comprender lo duro que resulta presentarse cada año delante de sus jefes o de sus accionistas con la necesidad de dar a conocer balances que superen los obscenos beneficios del año anterior. Cada año un poco más. Es inhumano. Ustedes han conseguido el milagro de que sus clientes les dejen todo su dinero a cambio de unos intereses misérrimos aunque, cuando el dinero lo prestan ustedes, los intereses se multipliquen por diez. Han logrado que no protestemos cuando nos cobran por cada carta que nos envían a casa, aunque no se la pidamos. Nos han acostumbrado a comunicarnos con una pantalla y una ranura mientras iban reduciendo a su personal. Cada año una nueva idea, cada año más beneficios, cada año más presión. Y, efectivamente, llega un momento que la imaginación se agota y resulta difícil absorber el dinero de los clientes con argucias nuevas y que no nos revuelvan las tripas, como esa cochinada de cobrar comisiones por las donaciones a oenegés. Por eso comprendo perfectamente que ahora también nos quieran cobrar por usar el cajero, no ya el ajeno, sino también el propio, en horario de oficina. ¿Qué pueden hacer? No tienen otro remedio. Así que, cuando ya no se les ocurra nada nuevo, no se preocupen. Solidariamente le ofrezco que pasen por mi casa y, directamente, se lo lleven todo. Al fin y al cabo, es lo que les queda.