NO MUCHO después de que mi mujer me dijera por primera vez que estaba embarazada se me vino a la mente la idea de que, a partir de aquel momento iba a entablar una relación mucho más cercana con los Reyes Magos de Oriente. Que aquello de pedir un scalextric y recibir dos madelmanes se iba a acabar y que llegaba el momento de ajustar viejas cuentas pendientes con la mañana del 6 de enero. Al principio vuelves a prestar atención a los anuncios de juguetes y te vas preparando para el futuro, porque no es plan pedirle al bebé un coche teledirigido. Pero ahí estás tú echando la cuenta. En tres o cuatro años lo encargamos. El verde de las ruedas grandes. Y luego, unos años después, resulta que tus hijos nunca piden coches. Un juego de arquitectura, un microscopio, una cocinita, un piano. ¿Seguro que no te gusta este garaje de cuatro plantas con gasolinera y ascensor? No. Y te vas dando cuenta de lo heróico que es ser padre cuando te enfrentas, cada mañana de Reyes, a un libro de instrucciones indescifrable, a unos juguetes normalmente decepcionantes, a unas piezas diseñadas por el mismísimo Lucifer, y al fatídico error anual de olvidar las pilas o comprar las que no valen. Sin embargo, no hay que desesperar. Poco a poco, los viejos instintos afloran y todo acaba por llegar. Este año ya hubo coches y tampoco nos olvidamos las pilas. Fue una mañana maravillosa. La vida es bella. El año que viene vamos por el Scalextric.