ENTRE LÍNEAS

05 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

CON UN apellido como el mío deben suponer que jamás he conseguido pasar desapercibido en un día como hoy. La bromita es facilona, hay que admitirlo. Sin embargo, el 6 de enero no me evoca especialmente aquellas chanzas de infancia sobre si Melchor (el rey) era o no mi tío. No. El día de Reyes era un momento duro, pero por motivo bien distinto. Cuando servidor era pequeño, y no hace tanto de esto, el mundo se dividía en dos tipos de niños: los que recibían regalos el día 25 de diciembre y los que lo hacían el 6 de enero. En ambos eran los Reyes Magos los que venían y no como ahora que se ha puesto de moda el Papá Noel del imperio de las barras y estrellas. Mi madre nos explicó que a Melchor y compañía no les daba tiempo a hacer el reparto en una sola noche y que por eso se dividían entre las dos fechas. Sonaba lógico. Yo era un niño de los del 25. Ese era mi día grande. El Scalextric, el Exin Castillos, el Petrópolis o el Cinexin cayeron en una de esas mañanas mágicas. Lo malo llegaba en Reyes. Ni un regalo. Y lo peor, había que ir a tomar el roscón a casa de mis primos Carlitos y Alberto, que eran niños del día 6. Eso sí que era duro. Verles abrir regalos a tutiplén era terrible. Hoy no me pasaría. A los niños de hoy en día les viene Papá Noel el 25, los Reyes Magos el 6 y si son vascos también el Olentzero. Esto es un desmadre. Mi hija Helena no ha hecho el año y en sus primeras navidades juntará más de veinte regalos. Esto hay que pararlo. O el 25 o el 6. Los dos, nunca máis.