QUEDAN sólo tres días para que llegue Papá Noel con el saco de los pedidos y las sorpresas. Las cajas registradoras de los bazares chinos echan humo con tanto dispendio de imitación asiática. Y las droguerías y perfumerías no descansan. Tienen la suerte de que las propias firmas cosméticas se encargan de machacar a la gente normal y corriente con su manida estética publicitaria de anuncios en los que sólo salen seres hermosos que siempre se mueven a cámara lenta, flotan en paraísos de nubes de algodón y sólo abren la boca para besar o para decir en francés o en inglés cosas como eternidad, obsesión, aire, pasión, veneno o los nombres de los diseñadores metidos en la industria de las esencias y los frascos. Pero mucho cambió el cuento desde clásicos con planteamiento, nudo y desenlace como «paseaba por la cashba cuando de repente me vi envuelta en un tumulto...» En las últimas tandas de spots de estos días, que duran más que un telemaratón, apareció «El Anuncio». Una pareja de bellezones retoza sobre una cama cuando de repente, se oye una flatulencia. Pero ni se inmutan, ni se dan por aludidos. Debe ser que el perfume que nos venden puede con todo. Patrics y Jacqs, a la cola del paro. Adiós a las armas de la seducción por el olfato. Qué podía impactar más que un pedo bien sonoro. Los creativos del gremio han pasado de las tormentas de ideas a las diarreas mentales. Esto ya huele. Y cheira a vida real. A realismo sucio.