AGARRE los catálogos de juguetes que se han ido acumulando en su buzón, y ante semejante despliegue, atrévase a trazar un estudio sociológico en menos de lo que dura un anuncio. Se trata de un análisis a vuela pluma basado en... iba a decir folletos publicitarios que nos envían los Reyes Magos y Papá Noel con el patrocinio de los centros comerciales, pero mejor diría libros, porque los hay que tienen más páginas que algunas novelas y más cifras que otros informes económicos. ¿Pero quién ha dicho que las niñas ya no quieren ser princesas?. Sabina no se entera. Si el cantautor abriese uno de esos pozos de deseo infantil, vería que las niñas quieren ser princesas porque así se lo inculcan desde que alcanzan la edad del «me-lo-pido». Profusamente ilustrados en papel satinado y a todo color, los catálogos del horror aplican el tono rosa fresa para las aprendices enanas de madres, esposas y chachas (el príncipe azul, el bebé, tooodo lo necesario para su cuidado, la cocinita con su microondas, la máquina de coser, el carrito de limpieza, la aspiradora, la lavadora, la plancha...). Ellos, en cambio, aparecen en esas páginas conduciendo coches de bomberos y otros servicios de emergencia, montando motos y todo tipo de vehículos, manejando herramientas en su taller mecánico, construyendo ciudades o conquistando países. Luego va Juanito y se pide a Steffi Love y su armario ropero y Ana quiere un futbolín. Menos mal que aún queda algo de rebeldía.