HACE algunos años, en un campo de Tercera División, escuché alto y claro, igual que la mayoría de los espectadores, el siguiente improperio: «Árbitro, no me cago en tu padre porque podría ser yo». El árbitro, desde luego, no le hizo ni caso al ocurrente hincha y siguió correteando por el campo porque, al fin y al cabo, la frase había sido absolutamente gratuita, es decir, no tenía nada que ver con su labor con el silbato. No es que yo sea un habitual de los campos de fútbol pero nunca he asistido a un encuentro con público en el que no se lancen barbaridades dialécticas (incluso no dialécticas) desde las gradas. De todos los colores. Por eso resulta un poco chorra este lío supuestamente racista que ha hecho intervenir a todos los estamentos del fútbol mundial e incluso al mismísimo Tony Blair. De momento, el resultado es que los vándalos dialécticos del fútbol, que suelen ser en su mayoría personas muy razonables en cuanto salen del estadio, hayan descubierto una nueva vía para molestar al contrario. Antes, al rival le llamaban paquete, cretino, desgraciado y cosas mucho peores. Ahora también le llaman mono. Es la moda. Lo lamentable es que se mida el grado de civismo de un país tomando las gradas de un estadio como ejemplo. Al fin y al cabo, y como todo el mundo sabe, al fútbol se va a ver fútbol, pero también a chillar y, llegado el caso, a insultar. Como decía don Vito Corleone: no es nada personal. Sólo negocios.